IX. Costuras

Que si no me habían pagado a mí por comprar aquel vestido de lunares del Zara que se desintegraba al tacto en una glamurosa, por londinense, charity. Nunca le había gustado coser, en verdad, años atrás cuando mi madre descubrió que comprar en Zara salía más barato y, sobre todo, no requería de ningún esfuerzo por su parte, abandonó las escasamente agradecidas por mi yo adolescente labores de corte y confección. No le gustaba coser, pero nunca pudo pudo librarse de remendar mis imposibles: chinazos infinitos en camisetas favoritas únicas; entrepiernas gastadas que solo querían jubilarse, y yo insistía en seguir usando; largos de pantalones que se fundían con el suelo; copas de sujetadores cuyos cierres estaban pensados para copas que se rellenaban con más relleno del que yo podía aportar, y que, por supuesto, también era necesario ajustar; cuellos cerrados de camisetas que yo quería convertir en escotes favorecedores que no existían; tirantes para otros hombros y pechámenes; anchos de cuerpo que quería ensanchar o reducir según me diera… Que si no me habían pagado a mí, renegaba mi madre aquella tarde de sábado en la que yo quería que consiguiera que aquel sueño de vestido perfecto usado y de pésima calidad no se deshiciera a una hora indeterminada de aquella noche que vete a saber tú por qué demonios era tan importante, porque para mí obsesionarme con un vestido que me hiciera sentir bella para emborracharme probablemente significara cualquier estupidez relacionada con amores no correspondidos o con esa escala social a la que le daba una importancia que se sostenía a duras penas para aquella treintena de años que ya debía de cargar yo a mis espaldas. Que si no me habían pagado a mí. Siempre pago yo, mama.

Cada vez que siento que renuevo mi vida, necesito llenarla de ropa vieja. Es un impulso que me ciega y que no termino de entender, porque no hago otra cosa que acumular trapos viejos década tras década, que ya me decía ella que no tenía más que mierda en los armarios. Y aquí estoy plantada en una tienda de estas que huelen como esos armarios viejos llenos de ropa que no quieres abrir porque sabes que no hay más que mierda que sigues empeñándote en almacenar; nerviosa buscando camisas viejas cuando ya me he comprado dos nuevas que me parecen bien bonitas. Parece que al poseer el equivalente en viejo de las prendas recién compradas, como las novias en las películas, intentara llamar a la suerte en una noche de sábado, bien alejada ya de aquel vestido de Zara por el tiempo y también por el espacio que ha habido para que transcurran una y varias vidas. Y aquí estoy pasando perchas, como si al hacerlo rápidamente me asegurara de encontrar antes la paz espiritual, cuando me topo con una etiqueta mal cosida en el cuello de una camisa de mangas muy cortas con ciertos bordados que ahora puedo describir de manera bastante imprecisa, quizás hasta me los esté inventando. Solo tengo ojos para las costuras de la etiqueta en la que se leen en letras de imprenta el nombre Aurora y dos apellidos en los que simplemente no me fijo.

Y me recuerdo en la mercería encargando la cinta de dos metros de largo por un centímetro de ancho con el nombre y apellidos impresos de manera consecutiva; quince días había que esperar para recibirlas tras pagar por adelantado, me atrevo a señalar para mis adentros. Y en el retazo de la cinta de Aurora que ahora es una etiqueta reconozco el pespunte mal hecho de hija a la que su madre una vez enseñó a coser y que, sin embargo, en el momento de agobio de tener que ponerle nombre a cuatro camisetas de manga corta, cuatro camisetas interiores, dos chaquetas, cuatro pares de calcetines y ropa interior (cierto es que en caso de llevar pañal, se ahorraría esa hija el tener que ponerle nombre a las tres o a las seis bragas de su madre), no tiene ganas de prestar atención a que el revés quede igual que el derecho y le vale con que la etiqueta no desaparezca en el primer lavado. Puntadas torpes de hija que siempre le pedía a su madre que le remendara la vida llena de ropa vieja acumulada; costuras que parecían endebles por lo mucho que temblaban las manos al mover la aguja de un lado a otro de la tela. Según cojo la camisa me viene la imagen de otra tarde en la que estoy sola arrancando etiquetas con su nombre antes de tirarlas al contenedor de ropa vieja. Con la tecnología de pegado eterno se hizo innecesario coser las etiquetas, aunque quitarlas obliga a hacer un agujero en la prenda para arrancar el nombre. Solo olía la ropa por si quedara rastro de ella. Sostengo en alto la camiseta de Aurora y rememoro aquella tarde, no creo que fuera sábado, aunque lo fuera.  Imagino por unos instantes el pequeño y consumido cuerpo de Aurora dentro como si quisiera no saber lo que había sido de su vida con la inmensa cantidad de información que me da esta etiqueta mal cosida. Y en ese preciso minuto en el que los últimos movimientos de Aurora se me revelan me veo en la otra punta de la tienda pasando perchas compulsivamente.

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