Justo cuando el Jose abrió la puerta del cementerio, un ave enorme salió volando del tejado de la iglesia. Exclamé que era muy grande y blanca. Mi hermana respondió que sería una lechuza. Me quedé mirando al cielo pensando en que finalmente llevaba él razón y era una lechuza (…). El primer llanto que reprimí se distrajo viendo a su viejo amigo quitar con una azadilla las ortigas que bordeaban la lápida. Tiene correa, siempre lo decían en casa, el Jose la conserva a pesar de los años. Me acordé de aquellos días en que nos lo traía para llevarlo al médico. Miré las fechas grabadas. Las conocía bien. Era 26 de octubre, y en la lápida estaba escrito que el 26 de octubre de hace cinco años yo no estaba donde tenía que estar porque me fui, no entiendo por qué si veía claro que me necesitaba aquella noche, y desde entonces no se me olvida que no me tenía que haber ido. Cargo con esa lápida de forma tan cruel y tan merecida que siento su peso cada día desde entonces. También de la otra fecha, del 30 de marzo, porque hice exactamente lo mismo. No pesan menos las fechas por que pasen los años. Al contrario. Siento esa carga cada vez que los recuerdo y los recuerdo a diario. Jose, al terminar con la azadilla, no dijo nada ni levantó la vista del suelo. También es de reprimir el suyo, supongo. Salió por la puerta. Allí nos quedamos mi hermana y yo mirando la lápida de los hermanos. No dijimos nada. Solo mirábamos la piedra con ese amor que no se va. Solo se puede hacer eso. Yo ya solo sé implorar perdón a la nada. Sé que me perdonarían. Pero no lo pueden hacer. Miramos la lápida juntas sin hablar no sé cuánto tiempo. Me gustó que fuera largo o sentirlo así. Como si habláramos entre nosotras con nuestro pensamiento de lo que sentimos sobre esa lápida y que nunca hemos hablado. Ni lo haremos. No nos hace falta. Ya lo sabemos.