XIV. La fuga (II)

He llenado el plato. Es el mejor desayuno bufé que he tenido esta semana. El más inesperado al menos. La chica me ha preguntado. Luego me ha seguido preguntando. Hemos seguido llenando nuestros platos como si todos los días desayunáramos cinco platos. Ha dejado una mesa de separación y se ha sentado enfrente de mí. Por un momento siento fastidio porque sé que voy a tener que hablar con ella mientras desayuno. Apenas es un segundo lo del fastidio. No más. Enseguida me doy cuenta de que es inevitable ya. Estamos hablando y tampoco me importa hacerlo. He bajado sola. Ella también. Hemos bajado solas al reclamo del desayuno incluido. No hay nadie más en el comedor del hotel. Es joven. Es guapa. Tiene una cara muy bonita y unos ojos espectaculares. Es de Nicaragua. Habla dulce y es agradable. Trabaja de auxiliar en una residencia de ancianos en Vitoria. Suelto mi habitual discurso de que habría que colgar a todos los directores de residencias después de despellejarlos vivos. Unto la tostada con mantequilla y me da asco. Tengo que dejar de hacer esto. Convierto mi dolor en un tema banal de conversación con desconocidos. También lo hago con conocidos. Tengo que parar de hacerlo. Por respeto a la que persona que aún recuerdo que fui. Eso me da por pensar cuando termino de pronunciar mi monólogo. No voy a volver a hacerlo. Ella también tiene su propio discurso sobre el tema. Ya lo he oído antes. Me cae bien. Me pregunta la edad. Me echaba muchos menos, dice. Me cae mejor. El algoritmo de la edad es una herramienta social de primer orden. Ella es muy joven.
—No te maquillas, ¿no? —me pregunta y niego con la cabeza—. La gente que no se maquilla parece más joven.
Sonrío.
—Estás delgada. ¿A que no haces ejercicio?
—Me gusta nadar —respondo.
Me fijo en sus brazos. Sus músculos definidos a costa de mover ancianos a contrarreloj y luego ir a machacarse al gimnasio. Mientras abusamos del bufé estamos las dos haciendo un repaso mental a la lista de partes de nuestro cuerpo que odiamos. Guardamos silencio recapitulando todo lo que vamos a hacer para cambiarlas después del bizcocho de chocolate que hoy nos damos como premio para desayunar.
—¿Estás de vacaciones? —suelta de repente.
—No, vivo aquí. Llegué ayer de viaje y tengo una fuga de agua en casa. Era un desastre, me cabreé muchísimo y me vine a un hotel. No sé qué haré esta noche. ¿Tú?
—Sí, he pasado unos días en Alicante. Es muy bonito. ¿Has estado? Vine ayer aquí. Creo que me voy a quedar unos días…
Nos quedamos en silencio.
—¿Has venido sola? —me dice.
—No… He venido con…  con un… un amigo… Uno. Un amigo. Me cabreé tanto cuando llegué a casa que no quería estar sola.
—Yo también estoy con un… uno. Acabo de salir de una relación tóxica.
El otro día mi médica me contó que el ochenta por ciento de la población ha pasado la varicela. Hay mucha gente que la pasó sin darse cuenta. Y todos somos portadores del herpes zoster.
—Estoy con este chico unos días—continúa—. He venido aquí por él. Empiezo a sentir algo… Me gusta. Lo pasé muy mal con uno de Vitoria. Yo pienso que mi trabajo es muy digno, ¿sabes? Pues me llamaba limpiaculos. Siempre me estaba diciendo cosas horribles. Me hacía sentir mal. ¿Alguna vez has estado con las maletas en la calle?
Echo azúcar en mi segundo café con leche. La miro. Doy vueltas a la cucharilla.
—No.
Se está comiendo una tostada.
—Es lo peor que te puede pasar.
—Ya imagino.
Cojo una rodaja de naranja. La fruta debería salir de los árboles ya pelada. O yo desayunar siempre en un hotel.
—Me trataba mal. A una amiga su novio le puso una casa y luego también la echó. Te hacen sentir mal. A mí este me decía que no valía para nada.
Una empleada del hotel se asoma por la puerta y se va. Parece que es la encargada de recoger el desayuno. Ya es la hora. No creo que haya mucha más gente en el hotel. Ayer escuché a unos italianos en la habitación de al lado.
—No dependas nunca de un tío —me arranco por fin—. Eres guapa, eres lista. Seguro que has visto cosas horribles en tu país y aquí, y en todos los lados donde hayas estado. Te has buscado la vida tú sola en un país que no es el tuyo. Puedes hacer lo que quieras. No dejes que un puto tío que no ha salido de su pueblo te trate mal. No dependas nunca de un tío. No te hace falta.
—A veces está bien escuchar las palabras de otra persona para darnos cuenta de lo que nos pasa.
—A veces…
Palabras.
—¿Sabes? Si te pusieras unos tacones, un vestido y te alisaras el pelo, serías un pibón.
Me rio. Ladeó la cabeza. Es el piropo más bonito que me han dicho nunca. Llevo la ropa de ayer. Me veía bastante mona la verdad con el vestido que llevo puesto… Estuvo bien el plan de ayer. Y sentirme atractiva. Creí haber cumplido mi objetivo, pero al parecer no he pasado el filtro de la sororidad del desayuno incluido. Con todo, me ha encantado. Hace siglos que no me aliso el pelo. Quizás lo haga si aprendo a hacerlo. Los tacones sí que no los voy a llevar. Me da pereza aprender a alisarme el pelo. Hace un año que no entro en ese vestido que ha mencionado la chica. El vestido. Y lo tengo colgado en el armario como un reto y como el templo de la diosa que fui con ese vestido puesto.
—Eres preciosa. Deberías saberlo —contesto— Espero que te vaya bien.
—Me ha gustado hablar contigo.
—Y a mí.
Intercambiamos nombres y teléfonos mientras preparamos el desayuno para llevar a la habitación. No vaya a ser que pasen hambre. Nunca nos vamos a llamar.
Me meto en el ascensor. Tiene vistas a la calle. Es muy fea la calle como para tener vistas. Hace un sol radiante hoy. Es un hotel demasiado bonito para sus alrededores. Me siento empoderada. Una mujer experimentada y empoderada mientras el ascensor sube un piso. Abro la puerta de la habitación. Me quedo en la entrada. Palabras. ¿Habría pronunciado las mismas palabras si no me hubiera cogido el teléfono ayer? Era una posibilidad. Ha pasado otras veces. Muchas. Pasa. Entro en el baño. El hotel tiene cierta inspiración modernista. El baño me gusta. Combina cristales Tiffany con vidrio templado. Ahora me puedo permitir un hotel con cristales Tiffany. Cuando llegué a la habitación ayer, estuve un rato sola acariciando el vidrio. Quizás hubiera seguido buscando. O no. La pared que separa el baño de la habitación es de vidrio. Es transparente. Es muy bonito pero nada íntimo. No hay belleza en la intimidad. Me miro en el espejo. Me gusto un rato. A medias, no del todo. Nunca es del todo a menos que entres en el vestido. Si no me hubiera contestado nadie, no sé qué reflejo de mí vería en ese hermoso espejo. De seguro que sería otro. Uno. Uno que no me gustaría. Si estuviera sola en la habitación… Me quito el vestido. Me miro en el espejo. Salgo del baño antes de que el espejo se enturbie. Miro hacia la cama.

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