Noté que había algo debajo cuando me senté en el sofá. Me había sentado con ganas, con esas ganas que te quitan las ganas de moverte una vez acomodada. Pero tuve que moverme, acomodada e incómoda no pueden ser en este universo. Era una camiseta. Su camiseta. La camiseta de un uno. Me reí pensando en cómo se había ido sin camiseta. La metí en la lavadora. Después de un rato me di cuenta de que no la había olido. Pensé en abrir la puerta de la lavadora para olerla. Ese viejo vicio que tengo. No me costaba hacerlo, y no lo hice. Lo dejé para más tarde. Al día siguiente puse la lavadora. Se me olvidó. Cuando fui a colgarla, me acordé de que no la había olido y que ya era tarde. Me molestó. Me resigné. Me daba igual y ya era imposible recuperar el olor. No era un olor importante. Hoy la he recogido de la cuerda de la ropa y sigue oliendo. Me ha gustado que oliera, no el olor en sí, sino porque me gusta oler. Oler me habla. Tengo que cambiar de detergente.