Semáforo en rojo

 

 

Últimamente me ha dado por fijarme en los conductores cuando están esperando a que se ponga el semáforo en verde y me he dado cuenta de algo: nos entra la melancolía. Es inevitable. La mirada perdida en el infinito, los pensamientos se alejan de la realidad urbana, los recuerdos
afloran…

“En qué se ha convertido mi vida”

“Le tenía que haber dicho esto o lo otro”

“Tengo que comprarme otro coche”

“Qué hago hoy para cenar”

“El viento sopla fuerte hoy, como la vida”

“Cuántos granos de arroz entrarán en un kilo de arroz”

“Adónde se dirige nuestra existencia”

“Cómo se llamaba el niño ese que se sentaba conmigo
en párvulos”

“He engordado”

“Cuándo dejé de ser feliz”

“Cómo se jugaba al mus”

“Qué pelo más sucio tengo”

“Sí, ese con cara de paquete, cómo se llamaría”

“¡Ay! Tenía que haber ido al dentista el martes”

“Qué feliz soy”

“Qué será ese ruido que suena en el coche”

 

Y la serie estacional sobre la brevedad del tiempo:

“¡Ay!
Los cerezos (o almendros o margaritas) ya han florecido”

o “¡Ay! Las hojas ya han empezado a caerse”

o “¡Ay! Ya han puesto las luces, otra vez la Navidad”

o “Qué calor hace ¡por dios quiero ir a la playa!”, (esta va con visualización)

Cuestiones trascendentales todas ellas. Podríamos estar el día entero esperando que el milagro ocurra (de rojo a verde) y nos daría igual. Nosotros a lo nuestro. A nuestro momento intimista. Ese momento, en el que los segundos parecen detenerse, es el momento en el que nos da por filosofar, dedicar unos instantes a las cuestiones importantes de la vida. Dedicar ese tiempo al pequeño filósofo que siempre fuimos y olvidar un poco a ese conductor estresado por lo que sea.

En realidad, esto no ocurre siempre. También aflora la otra personalidad, la agresiva, la del conductor que amenaza mentalmente al semáforo, sin dejar de mirarlo: “Joder, ponte en verde, ponte en verde… “Tengo prisa, joder”, “Joder, joder, joder”, “Con todo lo que tengo que hacer, joder”, “LLego tarde, venga, venga, joder”, “Empieza el partido (o equivalente para los que no profesamos) joder”, “Joder, qué lento es este semáforo” (el otro día la vida te pasó en un instante en ese semáforo)…

La bipolaridad del conductor se mueve entre la agresividad y el romanticismo. Se podría analizar psicológicamente a los conductores en ese momento tan repetido cada día, valorando su estado de ánimo. Me gusta mirarlos y pensar qué habrán hecho durante el día, qué les pasa, de qué están hablando. Intento ser discreta, pero no me sale, no valgo para ser detective, no lo niego. Estando pensando esto, se me ocurrió que debería haber algún estudio de esto, la sociología me parece una ciencia fascinante. También me dije que se podrían tomar fotos de los conductores ahí todo perdidos en el océano de su pensamiento y hacer una obra de arte o algo que simbolizara… Yo qué sé… Algo tendría que simbolizar… Pero claro pensé que hacer fotos podría ser una intromisión en su intimidad y quizás provocar algún accidente de tráfico y/o altercado hacia mi persona. Además, con lo mal que se me da hacer fotos, me iba a llevar más de una torta por conseguir una instantánea de un fondo difuminado. He descartado la idea, si alguien la quiere, que se la apropie, yo paso.

Lo de observar a los desconocidos en los pequeños momentos cotidianos o en otros momentos es un hobbie que cultivo desde hace años. Que bien me podía haber dado por el ganchillo y tener un blog en el que enseñar cosas de esas y patrones y tener miles de visitas diarias y publicidad de portales y tiendas de hilos, pues también, pero no, no es así. Mi hobbie de observación y fabulación de las vidas ajenas es más bien un pasatiempo para esos momentos que estoy sola y no empleo mi cerebro en algo productivo, es decir, cuando me aburro ¡Bah! Eso es mentira. Lo hago siempre que puedo, si me aburro más, como cuando iba a las bibliotecas a estudiar. No podía. Controlaba lo que hacían los demás, lo que estudiaban, los amigos, los descansos, las pequeñas rencillas por ocupar un sitio u otro, o por hacer ruido. Nunca pude estudiar en una biblioteca.

Podéis llamarme cotilla, lo soy. Sin embargo, me da un poco igual lo que les pase en realidad, solo juego a imaginármelo.  Y encima me lo tengo supercreído, porque estoy segura de que acierto. Además, sé que no soy la única que hace esto, estoy convencida de que más gente practica el arte de la investigación imaginaria. Las colas en general son otro lugar apasionante. Me fascinan. Las de los supermercados, las que más. No me fijo en lo que compra la gente, pero a veces con una sola mirada a los productos en la cinta transportadora a la caja registradora, deduzco  qué clase de persona o qué tipo de vida lleva, si vive sola, si tiene hijos, si trabaja, en qué, cuánto tiempo hace que no sonríe de verdad… No son prejuicios, son historias. No es que cotillee, pero en vez de mirar a otro sitio, mi vista va a la compra y ahí empieza a funcionar la maquinaria de la deducción. Hoy estaba comprando en el DIA y me he fijado en la chica de delante, una jovencita que no tendría veinte años. Parecía tímida bajo su apariencia de choni deportiva. Involuntariamente, me he percatado de que  colocaba un tanto nerviosa sus compras. Bajaba la mirada y sonreía cuando el cajero (sí, un cajero en el DIA) le decía con indiferencia: “7,86” y en un acto reflejo, la muchacha ha girado la cabeza hacia otro lado como queriendo evitar la mirada con el chico DIA mientras sonreía nerviosa. No obstante, su cerebro la obligaba a girar de nuevo para mirarle a la cara y sonreír y agachar de nuevo la cabeza. Y claro, he pensado: “Yo sé a quién le gusta el cajero y no soy es a mí”. Entonces, lo siguiente que he pensado es que la muchacha no llevaba muchas cosas y  que seguramente en un hora volvería a comprar qué sé yo, pasta de dientes o mejor, desodorante para que él se diera cuenta de que es una chica muy limpia. Mente femenina.

No penséis que me las doy de Mentalista o de Sherlock Holmes ni nada de eso. Que son cábalas que me hago que hacen la vida más interesante. Otro lugar que me encanta para observar a la gente es la playa. Las playas son un festival de situaciones que me vuelven loca y que se complementan con el placer de tomar el sol, darte un bañito y leer un libro. Me siento en mi toalla a lo vigía y me pongo a mirar (¡ay, como mi madre, qué losa la genética).

Me encanta hacerlo. Mis favoritas son las típicas familias con la abuela que no se quita ni las medias negras, cuatro sombrillas, siete neveras, mesas, sillas, tumbonas, la cubertería de la boda de prima Juani y el menú completo de dicha boda. Qué decir, el conjunto me apasiona. Cualquier despreocupado vacacionista se echaría las manos a la cabeza al verlos plantar toda su infraestructura al lado suyo y tenerlos de vecinos en la jornada playera. Yo me alegro en mi interior. Es como una teleserie pero en absoluta telerrealidad. Bueno tele no, que tele es el prefijo ese griego que se les pone a las palabras como queriendo decir lejos, a distancia. Qué va, ahí no hay distancia, todo lo que ves es de primera mano, qué digo, al alcance de tu mano. Drama, comedia, tragicomedia, culebrón, lo tiene todo, hasta un suministro infinito de hielos y aperitivos. Cada miembro tiene su papel. Están los portadores, técnicos de mantenimiento y logística varia, el supervisor, el chulo y el futbolero (normalmente lo son todos, pero uno destaca). Habitualmente, ninguno de ellos se separa de la lata de cerveza, menos el buenazo, que juega con los niños y colabora en todas las tareas de montaje, cocina, distribución y recogida. Es el que más trabaja y menos habla. Las cocineras, amas de casa y directoras que no se separan de la botella de martini, del bote de crema para los niños y de la caja del prozac. Menos, la última en adherirse a la familia mediante un reciente matrimonio que está deseando que se acaben ya las vacaciones e intenta tomar el sol, pero los niños la llenan de arena. Príncipes y princesas. Quinceañeras que están todo el rato comprobando cómo les queda el bikini y dan paseos con sus primas o amigas para ver qué percal hay por la playa (siempre hay una gorda, siento llamarla así, pero es así como la llaman ellos, con alergia al sol, que les viene muy bien a las pequeñas mujercitas para poder resaltar sus encantos y mover la melena deslumbrando con su belleza). La crueldad adolescente no tiene límites y la salud epidérmica del tercer grado de consanguinidad no es ni de lejos uno de ellos. Quinceañeros intrépidos en busca de top less o hermosas mujeres practicando nudismo. No suelen fijarse en las quinceañeras. Los “movidas”. El niño pesado, el niño petardo, el niño intelectual, el niño investigador, el niño biólogo, el niño agitador, el niño valiente, el niño bolita. En ambos sexos. Menos el niño tímido, todos los demás gritan, para hacerle coro a los adultos que también. Estos por lo general, sueltan grandes máximas sobre la vida en general, la política, la economía y la sociedad. Imprescindibles.

Otra familia típica, la pareja y los niños, hartos los padres e incansables los niños. Al borde del divorcio y con crisis alérgica o contusión de los niños. Divertida también. Existe la opción de parejas que desean volver a la época de novios, la de sin niños, e intentan deshacerse de los niños en cuanto pueden.

Las parejitas son un género aparte. Me encantan también. Me dan mucha trama que imaginar. Amantes: que si te meto mano, que si te doy un besito, que si vámonos al agua… Las silenciosas: perfectamente coordinadas en su sistema simbiótico de amor y comprensión. Los Top Model o qué buenos estamos los dos, no nos cansamos de mirarnos y de hacernos fotos en diferentes poses. Cabreadas: porque tu madre esto, tu madre lo otro, porque es que yo no te entiendo, no me toques, tenías que haber traído tú el no sé qué, como tú no cargas con todo… Y las caras que ponen me fascinan.
Vale, sí soy una cotilla, pero no es lo mismo querer saber lo que pasa, a imaginártelo y probablemente acertar. Incluso verlo y disfrutarlo. El grupo de adolescentes (masculino, femenino y mixto), los grupos de edad y de estados civiles diferentes, los solitarios, los deportistas. Mil vidas en una localización. Y si además, voy a la misma playa unos días, es que ya me quedo con todos los argumentos. Más fugaces son las estaciones de autobuses y trenes y paradas en general de transporte urbano. Pero también son muy interesantes, porque además es muy fácil hablar y ya cuando hablas, puedes hacer un cuadro psicológico completo. No voy a seguir porque a estas alturas, seguramente ya penséis que soy una enferma y porque me voy a alargar más de lo necesario.

 

Mi conclusión: dejad que vuestra mente vuele en los semáforos rojos. Sentiros libres, son vuestros segundos que nadie os podrá robar, a menos que os roben de verdad.

 

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