De la probabilidad, la posibilidad y el deseo

He encontrado este título entre uno de mis archivos con posibles entradas. No recuerdo exactamente cuándo lo escribí ni en qué pensaba al hacerlo. Como os he contado varias veces, mi memoria es frágil. En el archivo, solo estaba escrita esta frase y creo que la retomaré en algún momento futuro, no sé en qué formato eso sí. Lo único que puedo decir es que al leerla he pensado en la primavera y como hoy el día me ha resultado primaveral, he decidido usarla.

Hace una semana me acordé del capítulo 7 más hermoso que se ha escrito desde el principio de la humanidad. También pensé en la primavera. Pero no cuajó este bello sentimiento. Quizás, porque a pesar de todo lo bueno que evoca la primavera, a mí me estaba afectando la parte mala… De la que no pienso hablar porque todos sabéis de qué va. La primavera nos vuelve locos, de alegría, de ansiedad, de tristeza, de emoción, de malestar. Ahora que parece que mi organismo se está adaptando a este rollo loco, retomo el capítulo 7. ¿Por qué me vino a la cabeza si hacía años que no pensaba en él? Y pensé: “Lo leí, incluso lo poseo”. Pero no recuerdo nada. Solo la existencia del capítulo 7 y las sensaciones que me provocó. A ratos, Julio Cortázar, me parecía un genio, a ratos un petardo. Al leer algunos, bueno bastantes fragmentos, me decía: “¡Qué pesado es este hombre!” y otros me emocionaba y le evocaba como si fuera un dios de palabras y yo me volvía un poco pedante como él. Quizás soy bipolar, aunque seguramente él lo fue más. Me entraron ganas de releerlo diez años después, pero también pereza de soportarlo. Y aquí me vuelve el miedo de volver a hacer algo que me gustó. ¿Y si no me gusta? Es más, ¿si me horroriza y he perdido el tiempo que podría haber empleado en empezar algo nuevo? Y ¿si me parece un espanto y me arrepiento hasta de haberlo leído una vez? Y ¿si recordara las partes interesantes y me saltara todas las demás? Leo tan poco al año que me da rabia desperdiciar el arrebato lector con un libro que podría decepcionarme. Maldita memoria selectiva que no me funciona para nada.

No más vueltas. Ya decidiré después si arriesgarme o no. Ahora que mayo aprieta y que no ahoga, me parece apropiado recordar  el capítulo séptimo más hermoso que se ha escrito jamás. Sé que muchos lo recordáis más que yo. Incluso os lo sabéis. Aquí os lo dejo.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo el aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”. 

Rayuela: Capítulo 7. Julio Cortázar.

Feliz Lunes, feliz primavera.

 

 

 

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