La música en el coche no suena igual

Es verdad, tenéis que admitir que la música suena diferente cuando estáis conduciendo. No sé si es debido a la acústica, a conducir o qué es lo que nos mueve cuando tenemos la mano en el volante, pero hay algo. También es cierto que estar en un coche no te permite bailar, lo que se dice bailar literalmente, aunque se baila y mucho. Es como una intimidad especial con nosotros mismos. En mi caso, supone una independencia que antes de conducir jamás había experimentado. No es lo mismo vivirla de copiloto. Porque al fin y al cabo, no sueles poder elegir la música.
Empecé a conducir más bien tarde y no soy una amante de la conducción, ya he comentado en otras ocasiones que me da pánico. Sin embargo, en algunos momentos, bastantes he de decir, experimento esa agradable sensación de independencia bailando y cantando, yo solita en mi coche desastroso, deseando que la carretera no se acabe… Una road movie, pero en corto. A veces si me
gusta la canción y ya he llegado a mi destino, encontrando aparcamiento, doy un par de vueltas para buscar sitio para aparcar y seguir disfrutando de la canción. Entiendo que no es lo mismo que bailar cuando estás por ahí de libertinaje o en tu habitación encerrada (uno de mis hobbies) escuchando tus canciones favoritas del momento o la misma canción miles de veces (eso también lo práctico), no es lo mismo porque es diferente. En el coche como que suena distinto.
Otro de los momentos especiales de la música en movimiento es caminar con música. Si tengo que moverme de un sitio a otro, siempre voy escuchando música. De lo contrario, camino a disgusto… Escucho a la gente y no me gusta nada. A veces cuando se me estropea un auricular o no me da el volumen deseado, estoy cabreada y doy patadas a las piedras. Pero si todo va correcto, no me quedo sin batería, meto el turbo y acelero. Pero no se puede bailar ni cantar, porque la gente te mira mal. Como si estuvieras loco. También es un momento intimista, eso es cierto. Por ejemplo, llevo un par de otoños que si paso por algún paseo donde los árboles dejan caer sus hojas rojas, me pongo a Lana del Rey. La tía es una petarda de cuidado pero “Video Games” y “Born to Die” son canciones otoñales al 100%. Melancólicas, tristes y pasionales. En mi más sincera opinión. Una grande para momentos de soledad es Amy Winehouse. Qué decir sobre ella, todo está dicho, solo que me parece que es la única de las cantantes soul, iba a decir vivas, que tiene ese algo que hace falta para dominar el género. Ese algo del que carecen otras solistas bastante petardas, sí me repito, que no pienso ni nombrar.
Volvamos al coche…
Mi caótico y anarquista coche. Mi relación con él es de amor-odio. Amor, porque hay que ver lo que me aguanta, su gran personalidad; odio, porque es que es un cabrón, así con todas las letras. Mi pequeño Ibiza, mi abuelillo. Cuando me monto, le habló, le digo cosas bonitas como: “Cariño, venga arranca” y cosas así de ese estilo, íntimas que no puedo contar. Pero en ocasiones, no tiene el día o está graciosillo y me hace pequeñas faenas. Por ejemplo, la radio es un tema de discordia entre los dos. Voy a comenzar por explicar cómo es el equipo de música de mi coche. Tiene radio-casette, de los de antes. Con auto-reverse, ya sabéis esa función tan moderna de finales de los noventa, que te daba la vuelta sola a la cinta. Pero ahora, en pleno siglo XXI, funciona al libre albedrío. Es decir, que yo pongo una cinta y parece que el coche decide que no quiere avanzar con la cinta y se cambia de cara, sonando superrápido. Y así sucesivamente. Solución: martilleo el botón del avanzar o del retroceder hasta que me hace caso, que no suele ser en todas las ocasiones y lo que habitualmente ocurre es que escucho los mismos fragmentos de cinta. ¡Ah! No he comentado que el power del equipazo funciona más o menos a la vigésimo tercera vez que lo presionas. Así que lo dejo encendido. Diréis, alguno dirá, que existen reproductores de mp3 que se pueden enchufar al mechero. ¡Ay! Listillos, pues en mi coche no funcionan, ¿por qué? Porque el mechero no ha funcionado nunca, otro gran problema de mi vehículo. Descubrí un gran invento: la cinta con cable jack que se conecta a cualquier aparato reproductor. Está muy bien, para aquellas personas que tienen suerte con la tecnología o que tratan bien las cosas. La vida media de una de esas cintas en mi querido Ibiza es de dos meses y tres cuartos. Con el dinero que me he gastado en cintas, bien podría haber instalado un equipo impresionante con grandes altavoces como los de los macarras tuneros (no los tunos que se ponen cadenas y chupas de cuero, sino los amantes del tunning). Eso con suerte de que funcionen o no se escuche más fuerte el trasiego de la cinta por las tripas del coche que la música o cualquier otro contratiempo.
Supongamos que escucho música de esa manera y que no se me ha estropeado el maldito iPod, por cierto está siendo arreglado, bueno, arreglado no. Me van a cobrar 20 € por abrirlo y ver cuál es su problema, ya veremos en qué consiste el arreglo. Cuando esto pasa, que se escuche la música
digo, soy feliz, pongo el shuffle que normalmente selecciona las canciones que menos me gustan y voy pasando, pasando, pasando, pasando, pasando, uy, un peatón, uy un stop, uy, un semáforo, uy esta canción me encanta…
Otro asunto, la radio y mi coche. La única emisora que me gusta es Radio 3. Pues a mi coche no le gusta. Parece ser que la odia tanto que la ha eliminado del dial. De tal manera que hay días que solo se puede escuchar una, repito, una única emisora local, absolutamente insoportable. Otros, se queda y esto es verídico con Radio María, Kiss FM y la COPE. El día que se quedó atascada en la COPE, quería matar. Es verdad, no penséis que me ha dado por dramatizar. Es más quería acabar con mi propia vida y con el coche de paso, y estuve a punto de hacerlo. Vamos que poco faltó para que me estrellara aporreando los botones malditos del aparato del infierno. Tuve que parar y de la ansiedad que me entró, le grité, le pegué y hasta lloré para que me dejara vivir. Minutos antes de atascarse, cuando solo me dejaba escuchar las tres opciones citadas anteriormente, estuve escuchando un rato Kiss FM y de verdad que me entró una mala… Me estaba poniendo de una mala… Hostia (ya lo siento ser malsonante, es que he empezado a rememorar aquel momento y me he puesto cardíaca otra vez). Y justo, se les ocurrió poner una de las Bangles y me dije: “¡Ay, qué bonita, qué bonitos los ochenta, esta me gusta!” Y de repente, cuando estaba envuelta y ensimismada en la hermosa polifonía bangliana, va el Ibiza y solo por fastidiar hace desaparecer por arte de magia la maldita frecuencia para quedarse atascada en la emisora del diablo que es la COPE. Paré el coche unos 100 metros después. Deseé que, por lo menos, haciendo desaparecer la cadena de mi coche, hubieran desaparecido también los insoportables artífices de la emisora. ¡Jo! Me estoy cubriendo de gloria con la radio. Venga, voy a seguir en esta línea crítica. A veces Radio 3 vuelve a mi coche de manera espontánea. Suele ocurrir durante la emisión del programa de Santiago Alcanda. Creo que ya he explicado mi más sincera repulsa a este tipo en otros foros así que no me voy a detener en su ausencia de gusto musical de ningún tipo y en las chorradas que dice. Lo dejo estar. También parece que mi coche tiene una vena folk y los domingos por la mañana deja que pueda escuchar un maravilloso programa de jotas y música celta. Lo hace por fastidiarme. Lo hace aposta. Aunque sí que hay emisiones de Radio 3 en las que estamos de acuerdo mi coche y yo como “Cuando los elefantes sueñan con la música”, es que la bossa es otro de los grandes errores de la música, en mi humilde opinión, o el de jazz, que me resulta aburrido, aunque me guste el género (creo que el jazz es algo que debe escucharse por elección propia o en la intimidad y si puede ser Swing, mejor que mejor), o el de música francesa que es francamente repelente y pedante como la mayor parte de las películas francesas. No viene a cuento, pero aprovecho cualquier ocasión que se me presenta para meterme con el cine francés.
Como parece que lo de la radio y mi coche no acaba de cuajar, la determinación que he tomado para solucionar este problema es descargarme podcast de los programas que más me gustan y los
enchufo al cassette. Aunque es cierto que no lo hago con todos los de mi devoción (me salto Siglo
XXI, Fluido Rosa, a veces Disco Grande y la anterior Carne Cruda). Os voy a contar los que sí que me descargo para escuchar en el coche, por mucho que le pese… ¡Ja!
El Sótano: desde que descubrí el movimiento Mod y todo ese rollo sixties me hice un poco fan. Me
encanta. Garage, Soul, yeyerismos varios… Y como empecé a frecuentar eventos del movimiento no hay nada mejor para introducirse en la culturilla esta, tan selecta y cultureta por otro lado, que escuchar este programa. Se aprende un montón de varios estilos, artistas y otro tipo de músicas de los sesenta, setenta y a veces ochenta. Fue así cómo descubrí que me gustaba el Rhythm&Blues. Que yo tenía un dilema interno, ¿cómo puede ser que me guste el susodicho estilo si no puedo con el Blues que es aburrido hasta el infinito? Consultando esto con una amiga me recordó las palabras de un gran sabio: “-¿Dónde radica la diferencia entre el Rock y el Rock&Roll?”, “-Pues en el Roll”. Con el Rhythm&Blues ocurre lo mismo, la diferencia está en el ritmo. Me vuelven loca los Isley Brothers por ejemplo. O gracias al Sótano he descubierto este temazo: She was a Mau Mau… O grandes versiones de los sesenta realizadas por grupos punk británicos de los setenta… Muy buenas.
Melodías Pizarras:
Descubrir rarezas o músicas increíbles, bailables y alucinantes es fácil escuchando a los hermanos Pizarro y sus cosillas… Me encantan.
-Y mi última adquisición: La Curiosidad Mató al Gató. Frikismos y cosas graciosas de la mano de Carlos Areces… Qué decir. El otro día escuché una versión de “Paint it Black” de los Rolling Stones, entonada por las Azúcar Moreno y compuesta por José Carreras que no tiene precio. Y una gran sentencia: “Los teleñecos redimen a los EE.UU por todo el mal que han hecho en el mundo”.
Cuando no tengo el día melodioso pero me siento bien, me dejo llevar por la electrónica o por música del palo. Boys Noize, the Shoes o incluso rememoro la época del Minimal, pero todo esto es generalizar mucho. Simplemente. Muchos géneros y muchos temazos. Momentos deprimentes de la mano de Radiohead o Joy Division (bueno, Joy Division no es exactamente deprimente, ay, no sé). Momentos de cosas raras.
Bueno, últimamente me ha dado por escuchar, solo cuando conduzco, esas canciones típicas de las películas del Oeste. Sí, sí, de esos temas performed por cantautores sesenteros, como esta. The Man Who Shot Liberty Valance. No me digáis por qué, no lo sé pero me gusta… … Será que estoy en un momento de buscarme a mí misma o qué sé yo.
Por relación no sé si mental o si existe realmente, me apasionan los Pony Bravo, bueno algunas canciones… Vale, me encantan, pero no sé si es muy real este encadenamiento. Clásicos de Pulp, Parálisis Permanente o los Gipsy Kings. A lo que iba, cuando me gusta la música, solo puedo decir que a veces siento que me como el mundo al volante…
¿Y qué me decís de ese momento, cuando tu shuffle te regala un temazo, pero no estás solo? Nooooo, vas con compañía y es de esas compañías que no comparten tu pasión por la misma canción y que te están contando algo interesante o su vida entera y no te dejan escuchar, bailar o cantar ese tema tan genial, cortesía de tu shuffle. Con todo el cariño del mundo y a veces esas personas son personas a las que quieres, los empujaría del coche en marcha. O mejor, los cogería de los pelos. Bueno, pararía el coche, los cogería de los pelos y les daría una patada y los tiraría en mitad de la carretera y me lanzaría a la ruta 66. Queriéndolos mucho, pero con todas las ganas del mundo. Sin embargo, me pongo en su lugar, en el de copiloto que no aprecia la buena música y me contengo. La violencia está mal y va en contra de los valores de la música. También sé que hay canciones y géneros que no se pueden compartir como la copla. Que a mí particularmente me gusta. Os voy a dejar esta canción de regalo. Si queréis, podéis disfrutarla: “El Cordón de mi Corpiño”. O el yeye español o Rocío Dúrcal, o David Bowie o… O qué sé yo, la lista es interminable… Indescriptible.
Mención especial, Albert Plà, en todos sus formatos. Especial, especial. A veces sí que puedo compartirlo, pero no siempre… ¡Ay! Albert, nunca fallas… Siempre especial.
¿Y cuándo no conduces y eres un mero copiloto? Solo queda tragar y rezar. Puede salir bien y tus gustos ser compatibles con los del conductor o tu estado de ánimo. Pero, seamos sinceros, esto no pasa siempre. Y encima no puedes decir: “¿Te importaría, por favor…”; “Sería mucha molestia si… Quitas esta música de mierda que me está perforando los oídos, el cerebro y hace que mis intestinos se revuelvan. Voy a vomitar”. La verdad es que con un “Voy a vomitar”, a secas, lo tendría todo hecho. Pero me parece una falta de educación. Otro conflicto, cómo soportar que alguien te ponga por ejemplo a Enya o a Céline Dion, o a Fito y los Fitipaldis… Es una situación de la que es difícil salir manteniendo una relación cordial, la compostura y la salud mental.
La peor situación que he vivido últimamente en este sentido fue con una amiga, la misma del Rhythm&Blues. Estaba atravesando una crisis sentimental, ella. Bueno, yo ya lo sabía cuando me monté en el coche. Pero no pensé que aquello fuera a influir en el trayecto. Rectifico, sabía que iba a influir, de manera oral y acústica pero no me imaginaba las dimensiones de la parte acústica. Tenemos gustos bastante afines. Hasta hemos ido cantando y bailando en el coche. Pero aquel día, no fue así. Nos montamos en el coche y me dijo: “¿No te importará que ponga a los Panchos?” Y claro, respondí que no, por no hacerle el feo. Fue horroroso. Imaginaos que habéis tenido un día normal. Es decir, un día con sus cosas, en el que no ha pasado nada especialmente malo o bueno. Con sus luces y sus sombras. Habéis ido a trabajar o al INEM y todo normal. A veces hasta os habéis reído o han pasado ciertas pequeños hechos insólitos que ocurren en los días cotidianos, sin más, y os montáis en el coche de un amigo para volver a casa. Un amigo de toda la vida, al que creéis conocer, al que queréis y de repente, Los Panchos os abducen, entran en vuestro espacio vital a todo volumen y el desengaño y la frustración a ritmo de bolero invade vuestro ser. A todo volumen, repito. Que menos mal que hacía frío y que no teníamos las ventanas bajadas que sino hubiéramos dejado un rastro de melancolía y viandantes llorando hasta llegar a mi casa. Vamos, que sí que me importo y mucho. No os preocupéis, ya se lo dije, un par de meses después. Le dije: “Tía, me pusiste los Panchos, ¿pero tú sabes lo que hiciste? ¡Los Panchos!” La sigo queriendo y eso, pero aquel momento no se lo perdonaré jamás. Que me quedé paralizada, con los ojos como platos deseando llegar a mi casa para estar a salvo del desengaño a todo volumen, insisto. Sobra decir que el trayecto me pareció largo, no, lo siguiente. Superlargo.
Y todo este rollo para explicaros la magia de la música en el coche. Mejor, la magia de la música en movimiento… ¡Disfrutad del verano!

 

Y de la música…

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