II. El café

Era la primera vez que llevaba a alguien a Urgencias al hospital y no salía por aquella puerta con el aura soltando llamaradas negras de desequilibrio, agotamiento y crisis. No es que no le preocupara el bienestar de aquella amiga hermana a la que había soltado en Urgencias, pero notaba la falta de la fatalidad habitual en el ambiente. No había sido, pues, problemático salir del recinto a pasear para matar el rato. Al fin y al cabo, no podía entrar en las Urgencias propiamente dichas, así que no había ninguna razón para permanecer en la sala de espera. No había culpabilidad ni ese miedo que le agarrotaba la garganta, y contra el que tenía que luchar para poder respirar siempre que iba a Urgencias. No se trataba de un caso grave, era como dejarla en el dentista para una endodoncia, incluso teniendo en cuenta el riesgo que su pánico a los dentistas implicaba. Algo molesto y doloroso, pero con final feliz próximo.

No poder hacer mucho más por ella en aquellos momentos le provocó una sensación de impotencia agradable. Le produjo una vibración de calma, una paz absoluta por el vacío que le dejaba el no tener que estar preocupada por todo lo que ocurriera detrás de esa puerta por la que salía. Exhalaba una liberación cármica en cada respiración. No tenía que repetirse «Todo va a salir bien» una y otra vez como un mantra. No hacía falta, todo iba a salir bien. No le venían a la mente esos retazos de realidad que habitualmente visualizaba en Urgencias vaticinando el futuro con recuerdos. No, en esta ocasión no hacía falta oráculo. Todo iba a salir bien.

Ya estaba lejos del recinto hospitalario cuando pensó en que podía haber cogido un café de la máquina para tomárselo por ahí. No pasaba nada: buscar un bar que pusiera café en una zona desconocida era una opción de espera aburrida más dinámica y práctica que estar sentada en un banco en un sitio feo con un café asqueroso de máquina, por mucho que le gustaran los de avellana. Decidió marchar a la caza de una cafetería abierta que le vendiera un café, de los buenos. Aquel plan sí que era una novedad.

Primero, lo intentó sin éxito dando una vuelta por el barrio más feo de la ciudad. No había bares abiertos, no tenía ningún sentido esperar allí. Miró hacia el horizonte… Sabía de uno al que de vez en cuando iba cuando le tocaba hacer vida de hospital. Estaba cerca, en uno de esos barrio-pueblos franquistas que a veces brotan por ahí como si acabaran de salir de la tierra. Se dirigió a lo que era la plaza mayor del barrio disfrutando del aire fresco; apreció el encanto de las viejas casitas reformadas y también el de las que se mantenían igual por más que pasaran las décadas. Ensimismada, miraba jardines, tejados y ventanas como si en otros tiempos deambulara sin más por el Trastevere en el mismo atardecer… Todo ideal, pero el bar de la plaza del pueblo estaba cerrado. No había café en ese barrio sin gente. La temperatura era agradable y le gustaba aquel extraño pueblo en mitad de la ciudad. Le dio rabia tener que irse, y más aún cuando la luz de una farola, que se le hizo ámbar, le abrió una pequeña placita ideal para ese café.

Abandono rápido la barriada, ya con la urgencia de encontrar un café cuanto antes, y enseguida llegó a la avenida en la que, de haber bares abiertos, allí tenían que estar. Miró hacia el final de la calle, a lo lejos brillaba el cartel de un bar. Todo iba a salir bien. Lo encontraba tan insólito, el que todo fuera conforme a lo planeado, que temió por unos segundos un atropellamiento que el destino causara para que no cruzara la carretera justo cuando tenía el café enfrente. Jugueteó con la idea hasta el punto de cruzar lejos del paso de cebra. No podía ser que todo fuera a salir bien; sin embargo, para su sorpresa, no solo es que todo fluyera siguiendo los planes, sino que le pareció que del cielo caía un rayo de luz que señalizaba la tienda de golosinas situada al lado del bar. No es que todo fuera a salir bien, es que iba a salir mejor, se dijo a sí misma. Compró primero una palmera de chocolate y luego en el bar el café para llevar. Se moría de ganas de llegar a la placita. Estaba viviendo el presente. Tenía café y una palmera, aceleró el paso.

No habían pasado dos minutos cuando recordó que también tenía una amiga. Necesitaba saber que estaba bien para que aquel momento fuera pleno, y para no tener interrupciones, por otro lado. Llamó. Estaba bien, bueno, enferma y dolorida, pero parecía que en cuanto llegaran los resultados de la analítica la mandarían a casa. Todo iba a salir bien. No podía hacer otra cosa por ella en aquellos momentos que disfrutar  de la vida. Se quedó parada un segundo, puede que dos, y siguió caminando. Apenas colgó el teléfono, llegó a su destino, y se felicitó por esa mala orientación que había funcionado bien en un momento en el que todo iba a salir bien. Se sentó en el sitio en que se había visualizado media hora antes. Destapó el café y sacó la palmera, y miró con paz hacia la pared de enfrente.

—María Dolores, ¿me oyes? ¿Me oyes, María Dolores? Sí, ahora te escucho mejor. ¿Me estás oyendo ahora, María Dolores? Te oigo ahora bien, María Dolores.

Miró hacia arriba. La ventana estaba abierta, finales de noviembre. Se sonrió pensando que escuchar aquella voz grave de mujer de tonalidad neutra tenía toda toda la pinta de ser un entretenimiento que prometía, porque tampoco se le ocurría hacer nada mejor en esa placita con vistas a una pared. Volvió a mirar a la ventana. No veía a nadie y no creyó que nadie pudiera verla. Bebió un sorbo.

—Sí, María Dolores, son cosas que pasan, y hay que pasarlas. No, Sara ya se fue. Se ha ido a Madrid, que vive con Ana, la hija de una amiga mía. Sí, la que… Esa, sí. Pues se fueron juntas a vivir con otras dos chicas. Sí, sí, María Dolores. Me ha dicho: «Mamá, ven a pasar unos días conmigo», pero que no estoy para esas… No tengo ganas, quiero estar en casa. Ya ves, una madre no se imagina nunca que va a ver que se le muera un hijo a los treinta y cinco años. Sí, sí […] —la voz se alejó y se hizo ininteligible por unos momentos hasta que la mujer necesitó de nuevo mirar por la ventana para hablar por teléfono—; estaba gordo, pero iba al gimnasio, y era agradable… Tuvimos que ir a Madrid. Un vuelo de hora y veinte minutos cuando […]. Sí, fuimos, y tuvimos que ir al juzgado a recoger las cenizas porque, cuando es un caso así, hay que ir a los juzgados…

La ventana se cerró. No supo recordar después si desde dentro o desde fuera. Estaba caminando. Volvía al hospital por si había noticias y para mear.

Capítulo 1

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