… y este sol de la infancia

Como decía en mi anterior arranque nostálgico, tomando como referencia el poste rompedientes, si voy a la izquierda, me meto de lleno en la vida adulta, mientras que, si tiro para la derecha, entró en territorios de la infancia. Durante esos momentos de confinamiento en los que la vida adulta me aterraba tanto, curiosamente encontré la paz cruzando las lindes de la niñez.

Uno de mis escenarios  infantiles es la calle en la que vivo, la línea recta de no más de quinientos metros atravesada por la carretera que acaba en mi colegio. Ahora es un barrio familiar, con tendencia al alza; es un entorno tranquilo, con colegios y localización privilegiada, un barrio familiar, vamos. Cuando era una niña, era un barrio pobre, no sé si la clase media estaba inventada por aquellas épocas. Todo lo largo de la calle era un conglomerado de bloques de pisos de los años cuarenta y cincuenta, algún bloque de los sesenta setenta, una fábrica de maderas y una de galletas ―sí, era fantástico el olor a galleta cuando ibas por la mañana a clase―, hangares y vías ferroviarias, y campos y campos de alfalfa. En uno de ellos, se levantaba una casa, la casa de la bruja, claro. La mirábamos desde el otro lado de la verja y nos daba mucho cague. Me sale victoriana en mi memoria, aunque supongo que ese recuerdo está totalmente distorsionado por pegotes peliculeros. Galletas, rodilleras con verdín y miedo. Todo en quinientos metros.

Lo curioso es que, una vez que llegaba al cole o incluso pasadas varias décadas después de haber llegado (siempre) corriendo a clase, nunca se me ocurrió ni se me había ocurrido traspasar la barrera que era el edificio del colegio. Y, un día del confinamiento, me entró curiosidad por ver cómo era ese mundo desconocido que siempre quise explorar, pero que nunca me había apetecido del todo hacerlo. En un lado de la carretera, nos encontramos con lo que podríamos identificar como un barrio de adosados tipo años cuarenta. Son dos hileras de casas de planta y piso pegadas, construidas sobre una elevación de unos tres metros, cada una de su padre y de su madre, pero uniformes en lo pobre de su arquitectura. Era la parte que más me apetecía conocer. Subiendo por esa calle, me acordé de haber estado hace siglos y siglos en una merendola. Me vino a la mente la imagen de estar jugando con mis compañeros de clase en un sitio bien diferente al patio del colegio ― teníamos un campo de fútbol de arena rodeado de más campos de alfalfa, no es que me queje ―. Recordé lo bien que me lo había pasado y lamenté muchísimo no haber pasado mi infancia en el tramo inmediatamente contiguo a mi infancia real, los parajes de la infancia que nunca fue.

A ver, no es que a mí me faltara espacio para jugar. Para nada, vivía en una plaza enorme y tenía pueblo. El tema es que me dio una envidia atroz con carácter retroactivo aquella barriada que mola si eres un niño y tu ocio no es una preocupación de tus padres ni del sistema. En mi época, si no hacía frío, podías estar en la calle jugando sin ninguna supervisión adulta toda la tarde. Me dio rabia no haber podido pasar los veranos allí cuando tenía ocho años, por ejemplo. Y lo mejor, saliendo de la calle, ya estás en el campo. Hay unos arbolillos que me parecieron geniales para jugar al escondite o a las casas. No he sido la única en ver sus posibilidades, en mis paseos de confinada, los ocupaban chiquillos de botellón jugando a las casas de escondite.

Las posibilidades de divertirse se me asomaron infinitas, lo que me llevó a mi niñez pueblerina. Aquello sí que era el parque de atracciones por excelencia. Teníamos ganado, y las mañanas las gastaba en desayunar tortilla de patatas, tocar corderitos, intentar que no me atacara un gallo hijoputa que me odiaba y me perseguía para sacarme los ojos (true story), achuchar a los perros e intentar ganarme el cariño de los gatos sin éxito… Y, cuando bajaba la calleja y pillaba la esquina donde parecía que hubiera un letrero luminoso con «EXIT» escrito en letras bien grandes, no se me veía el pelo más que para comer. Los de la cuadrilla del pueblo corrimos aventuras y desventuras, con sus lágrimas y sus risas, y lucimos postillas por todo el cuerpo durante veranos enteros. Ahora no tenemos contacto, ni siquiera nos caemos bien; no obstante, aquellos ratos están en mi top five de la infancia.

Total que me acordé de la última vez que jugué al bote-bote por la noche en el pueblo. Encontré un sitio buenísimo, pero, como siempre me seguían los perros y se ponían enfrente de mí a mover la cola si les decía que se fueran, me pillaron. Y se me quedó clavada en mi corazón la espinita del bote-bote ya para siempre. Pues resulta que aquella calle en la que nunca pude jugar es perfecta para el bote-bote. Joder, es que me encantaría volver a jugar al bote-bote y hacerlo en esa calle.

Con este pensamiento en la cabeza, crucé la carretera… Otro territorio desconocido, ni me imaginaba cómo podía ser. Entré en un barrio de adosados como si entrara en otro país. La entrada a la placita interior con su parque infantil no es visible, es secreta… La rodean una muralla de casitas rosas con su jardincito. Todo muy -ito. ¡Qué decir! Me encantó, me encanta… Y, lo mejor, pegado a ese país aislado del mundo, hay un almacén abandonado, con su carro de la compra destartalado y restos de botellones de varias épocas. ¿Cómo demonios no sabía que tenía eso ahí?

Si de los entornos de mi infancia no me puedo quejar, sí lo puedo hacer de la mierda de sitios donde hacía botellón. Que vale que su encanto está en lo cutres que son, pero es que ese almacén tiene lo cutre, lo natural y lo mágico, todo en uno. Maravillada y un poco rabiosa por el hallazgo tardío, estuve paseando por el almacén hasta que me empezó a dar un poco de cosa, entre asco y miedo a meterme en una zarza, no poder salir y morir allí sin que nadie pudiera encontrarme; o a pisar desechos y restos humanos con látex, resbalarme y cortarme el cuello con una botella rota.

Así que volví a la seguridad de las casitas rosas. Fue la primera vez en mi vida, lo juro, que me imaginé teniendo una familia. No es que lo deseara, para nada. Era algo parecido a protagonizar una escena de una serie. Mis niños jugando en la placita y yo mirando desde mi jardín donde reinaría un lilo, aunque odie el morado. Y mis criaturitas adolescentes insoportables no tendrían que irse lejos, aunque quisieran irse a la otra punta de la ciudad con tal de no verme, podrían ir ¡¡al lado de casa!! a emborracharse y drogarse, y las otras cosas que se hacen cuando estás en un sitio en ruinas y lleno de mierda. Me vi como esa madre guay que dejaría a las chicas entrar a casa para cambiarse el támpax, pinturrejearse, vomitar y decir chorradas a voces. Los chicos, mejor fuera, que pueden hacer todo eso en la calle.

Entusiasmada por esos planes de futuro que no van a realizarse, me subí al montecillo a ver la puesta de sol, que no se veía porque el sol se mete por otro lado. Y me dio por pensar en mis cosas, en qué quién sabe que hubiera podido ser de mi vida, bueno o malo, si hubiera jugado al bote-bote al otro lado de la calle. Y me sentí nostálgica de una vida que no había vivido; me sentí feliz con esos recuerdos de esa infancia y esa

 

 

 

adolescencia que nunca viví, y también extrañamente realizada con esa vida adulta que nunca se había asomado a mi imaginación.

Durante varios días, seguí explorando esa zona irreal, mi nuevo escondite favorito. He llegado a encontrar el mirador con las vistas más bonitas de la ciudad (absolutamente cierto, que no se entere nadie). Es una granja abandonada con un corral no muy viejo pero derruido, con el suelo de cemento, ideal para hacer coreografías y subirse a las vigas caídas, o a las alpacas de paja, que no están podridas, sino fosilizadas. De verdad que es el lugar perfecto para envejecer, y me recordé siendo una anciana bailando hasta que la muerte me llegue, como tenga que ser, con vistas a la ciudad y a la vida que nunca fue.

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