XIII. La fuga (I)

No lo recuerdo bien. Tuvimos que echar un polvo de reconciliación aquel día. No fue memorable. Ha pasado mucho tiempo ya. Es difícil recordar. Es tan difícil… Recuerdo mirar por la ventana y pensar en que no tenía sentido lo que hacía. Y seguir mirando. De nuevo, había echado marcha atrás. No podía calcular ni entonces ni ahora cuánto tiempo llevaba intentándolo. Había preparado un plan tan estúpido que no había sido capaz de mantener ni dos horas. Así era yo hace tantísimo. Lo más probable es que siga siendo así ahora. Era incapaz de dejarlo, pues. Bromeaba con mis amigos con que iba a decirle que me iba por el portero automático. Dejar a la persona que más me ha querido y a la que yo más quise parecía una tarea imposible. Bromeaba en vez de hacerlo. Nadie se reía de la broma, también es verdad. Entonces no sabía que acabaría cortando por teléfono desde otro país. Que me iría a vivir a otro país para vivir como si lo hubiera dejado con tal de no tener que dejarlo. Y ni siquiera sería yo la que planteara la frase fatal. Solo contesté. Así fue. No podía siquiera vislumbrar aún todo lo que pasaría en el futuro después de aquel probable polvo que no recuerdo. La niebla se estaba echando. Solo llegaba a ver el edificio de enfrente y me estaba preguntando a mí misma si me iba a pasar toda la vida mirando el bloque de enfrente incluso si apenas se veía. Porque sí: él me quería con locura, y yo a él. Pero me aburría soberanamente, y la idea de seguir con él me parecía una condena. No tenía trabajo ni independencia. Mi madre siempre me había dicho que no dependiera de nadie. Y yo dependía de él. No solo por no tener trabajo. No iba a encontrar jamás a nadie que me quisiera como él. Eso entonces ya lo sabía. Quererme a mí misma dependía de que él me quisiera. «Ojalá me pegara», decía entonces. Ya podría haberme pegado. Habría sido más fácil, y seguramente quererme a mí misma habría seguido dependiendo de que él, incluso pegándome, me quisiera. Si me hubiera tratado mal, no le habría dejado tampoco. Pero pegar es claro. Mira que le sacaba de sus casillas y nunca me pegaba. Ni se le hubiera ocurrido. No me he vuelto a topar con nadie tan bueno como él. Ya lo anticipaba entonces. Pero me aburría, y para entretenerme le trataba mal. Siempre enfadados, siempre discutiendo. Ocurre antes dejar de querer que querer que te dejen de querer. Aquella semana había echado el tiempo en tramar un plan de fuga. Iba a irme a la casa nueva de una amiga que todavía no tenía agua ni luz. Esas eran las fisuras de mi plan. Compré varias garrafas de agua, velas y comida… ¿Guacamole? No creo. No me acuerdo. Llené no una, sino dos maletas, posiblemente. Las llené como quien no sabe adónde ni cómo se va. Las llené con todo lo que pillé. Sin ningún criterio. Así ha sido siempre. Un kit de supervivencia sabiendo que jamás sobreviviría con aquella mierda que pesaba una tonelada. Daba igual. Fingía que me jugaba la vida por dejar al amor de mi vida atrás. A ese amor al que ya no soportaba. Me fui. Llegué al piso de mi amiga con las garrafas, las velas y la comida. Las maletas las subí también. No eran pequeñas. Lo más seguro es que me echara un porro tirada en el sofá nuevo de la casa nueva de mi amiga. No recuerdo los detalles. Igual fueron dos. Quizás comí. Probablemente él me llamó. Discutiríamos, de eso no hay duda. Pondría la mano en el fuego. No voy a negar la retahíla de reproches y barbaridades que innegablemente acabé por decir. Debí sentirme culpable en algún punto de aquella conversación. A las dos horas ya estaba de vuelta. Con un extra de culpabilidad: el de la misión que no llega a término. No creo que confesara que me había fugado. Allí estaba de nuevo mirando por la ventana pensando en que mi plan jamás funcionaría si no conseguía ser independiente económicamente y, sobre todo, de lo otro, de ese depender que es un lastre por el que siempre vuelvo atrás para recogerlo cuando se cae. Y, de repente, al pensar en que no podía haber otros intentos frustrados más que nada por el rollo que había sido meter y sacar cosas y maletas de casas y coches, caí en que no tenía consciencia de haber subido de vuelta esa fracasada mudanza del coche a casa, a la nuestra, a la suya porque era suya. No estaban en casa. Bajé corriendo a la calle, atravesé la niebla, y allí me encontré con las maletas en la calle, al lado del coche. Parecía que estaba lejos lo de sobrevivir a mí misma. Siempre parece estarlo, por otro lado. Había tenido suerte de que nadie quisiera llevarse unas maletas con un kit de supervivencia tan malo. Supongo que se notaba desde fuera.

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