Víctimas y verdugos

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Pues, qué cosas tiene la vida, oye, que no pude ver el Salvados de este domingo, el de #FashionVictims y todavía no he tenido tiempo para verlo online. Así que hablaré a ciegas sobre algo que no he visto, pero que tengo muchas ganas de ver. El contenido es más que evidente, quiero decir, que todos sabemos aunque no lo hayamos visto qué es lo que se va a destapar en esta emisión.

Desde el domingo, he estado un par de días pensando en el tema. Durante mis momentos de evasión a lo largo de la jornada, me da por ponerme a pensar en cosas; o mientras finjo que escucho a alguien o en esos ratos en los que se me supone que debería hacer algo. Y, de repente, se me ocurrió: “¡Ah!, coño -¿se puede usar la palabra ‘coño’ en Internet?-, pues aprovechando que es trending topic y que se me ha ocurrido de qué escribir, voy a hacerme una entrada sobre este asunto, porque ya llevo un rato hablando conmigo misma y la gente me mira como si estuviera ida”. Así que, como decía, me he pasado un par de días dándole vueltas al peliaguado tema de la ropa. Debido a mi ajustadísimo presupuesto, hace ya unos años que no frecuento ni rebajas, ni renuevo (me refiero a comprar ropa nueva) mi vestuario demasiado, solo lo básico, vamos calcetines y ropa interior (tirando de saldos no muy éticos, supongo por el precio). Bueno, en octubre me compré unas medias. De hecho, utilizo lo terapéutico del remiendo para abusar de mi pobre madre y alargar la vida, ya casi extinta, de mis vaqueros, los últimos del 2011, que me acuerdo hasta del día en que me los compré, un día especial. Bueno, hace un par de semanas me compré unos porque necesitaba unos sin parches, por si tengo que ir a algún entierro. Me costaron 10 € de nada, preciosos. Salvando estas pequeñas incoherencias, en los últimos años no he comprado ropa como solía hacer en el pasado. Mis ingresos me nombraron fashion insolvente y la verdad es que encontré refugio en las tiendas de segunda mano (nunca de España) y en las donaciones de conocidos o conocidos de conocidos. Me siento forzada a mantener mi peso, no por la presión de la sociedad, sino más bien por la imposibilidad de hacerme con un nuevo repertorio de prendas. Es mi excusa para no dejar de fumar, también, no puedo engordar. Y qué decir, me encanta ir a una tienda de segunda mano y comprármelo todo a módicos precios.

Me he acostumbrado y he dejado de ser la alegre despilfarradora que fui para convertirme en una pequeña ahorradora, más bien triste y gruñona, pero orgullosa de su condición y digamos que, entre nosotros, me gusta sentirme superior moralmente, es mi consuelo. Me explico, desde mi riqueza espiritual miro con desprecio a esa gente que se gasta dinero en ropa gracias al trabajo esclavo y soy feliz en mi cieneurismo, reutilizando también la ropa que un ayer no muy lejano compré compulsivamente. Ja, pues, como os digo, reflexionaba yo sobre estos avatares del destino, haciendo mías las palabras de grandes pensadores e hinchándoseme el pecho del orgullo de mi superioridad moral. Les reprochaba, con desdén y en silencio, a mis amigos, vecinos, compañeros, familia y particulares que fueran esos amantes de lo nuevo que somos los de los países mediterráneos y católicos, los más pobres, mientras que en otros países, algo más protestantes, florecen las tiendas de segunda mano como una especie de retroalimentación de los bienes. Por ejemplo, en Inglaterra, las charities son un recurso de ropa guay que, además, se supone que financian proyectos (no sé hasta qué punto honestamente), todo pura filantropía; y que aquí, venía pensando yo, no funcionan (al menos en las ciudades que no son ni Madrid ni Barcelona y según de qué manera) porque queremos cosas nuevas, nuevas y más bonitas y nuevas; y que las únicas tiendas de segunda mano son vintage donde te compras el vestido hortera de tu abuela por 60 € o más, encima usado y bastante grimoso; y que aquí los mercadillos de segunda mano son vistos como quéascopordiosasaberquiénselohabrápuestoantes

Seguí con esa matraca durante horas. Que qué bien nos iría si reutilizáramos y dejáramos de gastar recursos, esclavizar a gente (sobre todo, a niños), contaminar y enriquecer aún más a los ricos y nos surtiéramos de los ropajes y otros utensilios de otra manera. Y que qué bien nos iría si nos pusiéramos más la ropa que compramos en vez de acumularla en el armario. Y que qué bien nos iría si las tiendas de segunda mano fueran un recurso más para amueblar casas y aprovisionarse de objetos bonitos y curiosos, sin tener obligatoriamente para hacerlo por centros tipo Reto (que muy guay también, pero de verdad que buscar muebles mientras escuchas pasajes de la Biblia leídos por un pobre exdrogadicto, a punto de volver a sumergirse de nuevo en la heroína para librarse de semejante penitencia es un poco así), y que otra cultura del consumismo, reutilizando y haciendo uso de vías como el trueque, sería una  solución eficaz para superar estos momentos de pobreza social… Y que las personas que pudieran permitirse pagar más por sus prendas, que lo hicieran comprando marcas responsables socialmente, aunque por lo que se puede leer por ahí, posiblemente no haya ninguna limpia puesto que en la cadena hay momentos turbios para todos. Y lo pensaba ciertamente con este sentimiento de superioridad y de pena mirando a los transeúntes con sus bolsas llenas de prendas nuevas: “¡Ay! Pobrecillos consumistas, qué desgraciados sois poseyendo y poseyendo. Infames y desgraciados”. Iba pensando esto, lo juro, cuando me he paré ayer en un escaparate donde se podía leer en todos los colores y tamaños “TODO AL 50% POR CIERRE DE TEMPORADA” y, de soslayo y con ese deje desinteresado de la élite moral, vi que había -sí, lo diré-, una preciosa escobilla para el baño, ¡dios, qué triste es mi vida!, imitando un contenedor de basura, rosita toda ella preciosa y, recordando que la que compré en los chinos hace seis meses, que se suponía de acero inoxidable, estaba totalmente oxidada, me reconforté en la belleza del rosa y en la de su precio, cuatro eurillos de nada. Que para lo ingrata de su funcionalidad, la hermosura del diseño de la pieza bien valía esos cuatro euros. Y entré en la tienda dispuesta a hacerme con ella.

Sin embargo, no fui directamente al mostrador a pedir ese bello objeto. Había un 50% escrito en el cristal, entendedme. Decidí echar un vistacillo, ya sabéis, de esos de los de no comprar nada. Y me llamó la atención un cajón con gorros y bufandas y lo revolví para ver lo que había en él, sin ánimo de comprar, ¿eh? Para mi gozo, encontré una bufanda preciosa y creo que se me escapó una exclamación jocosa cuando comprobé que costaba 3 €. Y el caso es que no necesito otra bufanda más, porque tengo al menos otras tres, de lana buena, que me hizo mi hermana con sus propias manos, otro par de ellas, también un regalo y alguna más. Y lo que es peor, es que no me gusta demasiado llevar bufanda porque me da ganas de vomitar el tacto lanino cerca de mi boca. Pero era tan bonita y tan barata… Y luego he encontrado un foulard precioso de también cuadros, que no lo he dicho pero la bufanda era de cuadros, que me he dicho “¡Qué bonito y solo cuesta 3 €!”. Tampoco lo necesito porque tengo un montón de pañuelos que nunca me pongo porque solo me gusta mirarlos… Pero es que ¡solo valían 3 euros! En realidad, no pensé nada, cogí todo y me dispuse a pagar sin preguntar. Fueron unos momentos de felicidad consumista y de otra clase de orgullo por haber encontrado algo tan bonito a tan bajo precio. Ya sabéis esa felicidad extrema y superficial de las rebajas. Solo cuando llegué a casa, me fijé en la etiqueta del foulard, ya que la bufanda ni siquiera tenía por lo que albergo la esperanza de que tanto esa como las otras dos que había en la tienda del mismo modelo las haya tejido la propietaria del negocio con sus propias manos. En la etiqueta del foulard, aparte de “viscosa 50 %” (¡uhhh! 50% otra vez) se podía leer “Made in P.R.C”.Y pensé: “Made in Province of Royal City”, la provincia de Ciudad Real de toda la vida. Pero ¡no!, un minuto después vino a mi mente “People’s Republic of China”.

En fin, que estoy a la altura del resto de los mortales. A la del barro. Y veré este Salvados #FashionVictims con mi cuello teñido de sangre y lo equivalente en escobilla de baño. Lo haré en el universo de “Made in cualquier fábrica que se nutre de trabajo esclavo” que es mi hogar y el de todos. Seré una víctima de este consumo que forma parte de mí, y un verdugo -consciente e inconsciente-. Algo tiene que cambiar en nuestros cerebros. Esta es una de las razones por la que abogo por la lobotomía sufragada por la Seguridad Social. O algo. Quizás es imposible que todo nuestro consumo sea coherente social y ecológicamente, pero puede que podamos controlarnos en la compra de esas bufandas y pañuelos (camisetas, pantalones, jerseys, faldas, escobillas, un móvil nuevo cada año, etc.) que no necesitamos.

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