Quien lo dije digo

Google me ha echado… Todavía no me ha echado de su plataforma pero considera que no soy una webmaster adecuada para acoger publicidad en mi blog o algo así me ha dicho. De por vida porque cuando el buscador de buscadores te castiga es para siempre. Y aunque con estas palabras puede que complique un poco más la posibilidad de ser perdonada por el ojo que todo lo ve, no puedo echarle la culpa a nadie más que a mí.

Que sepas Gugli que no eres el primero, no, no. Ni serás el último. Lo sé, estoy resignada ya. Esto es una constante en mi vida. No es que sea una rebelde. Ni tampoco puedo alegar en mi defensa ser una ignorante en el tema. Aunque lo sea. Porque eso no cuela, ya entré en tus dominios con la lección aprendida. No vale decir que no lo sabía. Lo que no sabía era que me podían pillar haciendo que no sabía que estaba infringiendo los términos de nuestro acuerdo, aunque literalmente no era yo quien los infringía. No soy responsable de lo que hagan los demás. No fui yo. Eso tampoco parece que valga como excusa. Cuesta aprenderlo, pero una vez que lo asumes resulta más fácil aceptar la realidad. Me ha pasado lo de siempre. Que me has pillado, creo, porque no me has dado las razones. Yo me las imagino, me has pillado. Siempre me pillan incumpliendo la normativa. Aunque no sea yo, me gustaría insistir. Siempre. Y no por rebelde, repito, es que siempre pienso que no me van a pillar. Y claro, me equivoco.

Cuando vi tu correo, dije: “¡Oh, qué tonta soy! ¿Qué va a ser de mi vida ahora sin poder encajar anuncios tan llamativos y rentables en mi blog? Mi negocio se ha ido a pique antes de empezar”. A continuación, unos minutos de autofustigación y automáticamente comenzó a funcionar la maquinaria de la supervivencia. Empecé a buscar soluciones. El propio Google te ofrece alternativas. Una única solución, mejor dicho. Un formulario en el que pedir perdón y alegar las razones por las que te crees que eres un buen sitio para la publicidad. Por otro lado, están las otras opciones, las antisistema… Crear una nueva identidad, un nuevo blog, una nueva cuenta… Y lo pensé seriamente y después de un rato reflexionando sobre mi condición, me dirigí a mí misma para hablarme seriamente… Que no, que me da una pereza horrible… Soy una vaga ilimitada. Bastante me ha costado tener la iniciativa de hacer un blog como para inventarme un nombre nuevo y vivir otra vida bajo otra nueva dirección de correo y ser lo suficientemente coherente para que no me pillen otra vez. También valoré la opción de abandonar el blog. Pero me he acostumbrado a escribir una entradita de vez en cuando y me hace hasta ilusión y todo. Así que finalmente lo que decidí fue ser mejor persona. Esforzarme, aprender sobre cómo aumentar el tráfico en mi blog legalmente y demostrarle a Google que soy una editora (utilicemos sus términos) con mucho que aportar y con aires de lechera de cuento también. Por lo que de esta forma en mi cabecita de alcornoque imaginé mi futuro. Una vez que consiguiera hacer que mi página fuera vista por miles y miles de lectores en todo el mundo, le enviaría ese formulario al amo suplicando clemencia, dignamente eso sí. Y el señor todopoderoso me perdonaría. Claro que me perdonaría, o ¿acaso no ha habido perdón para el Assange del Vatileaks? Aunque sea para reducir la condena ¿Es más piadoso el vaticano que Google? O ¿es que no voy a ser capaz de mostrar suficiente arrepentimiento?

Pero mi proceso de duelo no acabó aquí. No, soy pesada hasta para mí misma. Me dejé reposar. Y unos minutos antes de conciliar el sueño me dí cuenta de una gran verdad. Era libre. ¡¡Soy libre!! Puedo decir lo que quiera porque ya no estoy atada a las convenciones éticas de la publicidad. Los céntimos que me daban por cada clic y que nunca llegué a cobrar ya no me compran. Puedo decir lo que quiera sin temor a que me cierren el negocio porque ya está cerrado. Puedo poner pornografía en mi blog. Síííííí… ¡Por fin! ¡Atención al macro!

cópula cópula cópula

Puedo criticar a quien me dé la gana. Puedo tener un comportamiento que los anunciantes no consideren adecuado. Soy libre y soy pobre. El dinero nos mantiene en una jaula. Liberaos y sed felices como yo que puedo decir lo que siempre quise decir… Sin barreras, sin miedo…

Dicho esto voy a estrenar esta nueva etapa sin cadenas publicitarias criticando a Julio Medem. Diréis y ¿qué me ha hecho el bueno de Julio? Nada en especial, pero el sábado me inspiró el contenido de esta entrada y solo le voy a utilizar para hablar de otro tema. Qué bien que sabe la libertad. El sábado estaba enferma de pereza. Supongo que podría ser culpa de un virus o no. O quizás me lo había provocado yo misma. No sé. La cosa es que estaba tirada en el sofá, quejándome de mis dolores de pereza y no tenía ganas ni de elegir una película. Así que cambiando de canal en canal apareció Tierra. Y me dejé hacer. La primera vez que vi Tierra me fascinó. Me pareció que Tierra era una gran película y Julio un genio o algo por el estilo. Ahora puedo decir que de aquella primera vez a esta segunda ha pasado muchísimo tiempo. Porque me di cuenta de algo: Tierra es una mierda. No es una crítica muy rigurosa por mi parte, es cierto. Pero es que no pienso ni justificar por qué me lo parece. No hablaré de la película, ni de los diálogos, ni de la historia, ni de los actores, ni siquiera de Silke aunque piense lo mismo de ella ahora que entonces y tenga mucho que decir al respecto. Tampoco diré lo que opino del director aunque debería haber estado más atenta a las pistas que mi subconsciente me había dejado en los últimos años. No he querido ver ninguna de sus últimas películas y eso debía ser por algún motivo. Pero no voy a hablar más de él. No, solo diré que lo primero que pensé es que yo no era la misma persona que un día dijo que Tierra era una película increíble. Es más, lo que llegué a pensar fue que si me encontrara a esa persona que se supone que un día fui y que dijo que Tierra era un fascinante drama psicológico o lo que dijera que ya no me acuerdo, la cogería del cuello y la asfixiaría no sin antes haberle sacado los ojos y obligado a comérselos. Qué curioso, hasta podría ser el argumento de una película del pesado este. Y sí, puedo poner contenidos violentos en mi blog, puedo hacerlo.

Lo que me lleva al tema central de este post. ¿Qué relación hay entre lo que fuimos y lo que somos? El siguiente pensamiento que vino a mi mente, como podéis ver me aburría mucho, fue una hipótesis científica. Y aquí la lanzo ¿Será un rollo evolutivo y hormonal? Quiero decir, ¿será que nuestro cuerpo produce hormonas que nos hacen ver que no cualquier tiempo pasado fue mejor? O al revés, ¿en ese pasado indefinido nuestro cerebro ordenaba la aparición de unos hormonas que promovían el gusto hacia determinados hechos bastante cuestionables por y para nuestra supervivencia y pasado el tiempo, nuestro cuerpo se ha hartado de producirlas y no hay manera de que nos traguemos lo infumable? Eso explicaría tantas cosas.

Me explico, si hay una función biológica que hace que nos guste algo y después de un tiempo ese mismo objeto nos horrorice, ¿cómo y por qué deja de funcionar? ¿Por qué en el pasado nos veíamos bien cada vez que salíamos de casa y en la actualidad si vemos fotos de ese pasado nos horrorizamos y queremos quemarlas? ¿Por qué me gustaba tanto una camiseta verde que tenía de la Expo de Sevilla? ¿Por qué? ¿Por quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee? ¿Por qué los desteñidos? ¿Por qué Sensación de vivir? ¿Por qué las campanas en los pantalones? ¿Por qué fui rubia una vez no hace tanto tiempo? Yo creo que es la supervivencia. Y las hormonas. Porque nuestro cuerpo no entiende de elegancia o de criterios asociados al buen gusto. Solamente hace que nuestro organismo funcione y se adapte al medio, de aquella manera… Nuestro cerebro envía señales a nuestras glándulas productoras de hormonas para que nos aceptemos. Y si no, haced la prueba de las fotos, que seguro que ya la habéis hecho. Venga, admitid que habéis tenido momentos en vuestra vida de los que os avergonzáis de vosotros mismos. Esas mallas que todo el que se ha criado en los ochenta ha tenido. Esos pelos. Y os veíais tan bien con ese jersey de lana con flores bordadas. Pero voy a profundizar. Ese momento en la adolescencia en el que escribir poemas era algo hasta rutinario. Bueno, yo jamás he escrito un poema, pero he de reconocer que hay por ahí algunos cuadernos de los que debería hacerme cargo antes de que caigan en malas manos. No sé qué me estoy haciendo a mí misma con este blog. Porque estoy segura de que cuando lo lea dentro de diez años y quede este post de testimonio escrito, me avergonzaré de mí misma y encima lo habrán leído miles de personas, según mis pretensiones, unas pocas decenas si consultamos a la realidad. Soy mi peor enemigo.

Y si hechos tan superficiales crean una marca tan humillante dentro de la trayectoria de una vida, ¿qué no harán las opiniones y las creencias? Seguro que os acordáis de esos correos que circulaban por ahí hace algunos años. Unas cadenas de mails tan nostálgicos como vomitivos que reclamaban el regreso de esas series de los ochenta que marcaron la infancia y juventud de muchos. Que si Heidi, que si Marco, que si el Equipo A, V, el Coche Fantástico, Verano Azul… Pues esos correos debieron llegar a alguien con influencia en las programaciones televisivas que lo intentó. ¿Alguien las vio? Y si no tuviste la oportunidad de verlas en la tele, ¿alguna vez has osado a descargarlas y verlas? No vale solo con lo primero, que hay que verlas. Pues yo no. Y en este punto peco de listilla, no lo hice porque sabía que no me iban a gustar. ¿Por qué? Porque el tiempo pasa, las modas pasan, las opiniones cambian, los temas interesan para después dejar de hacerlo, el ser humano se aburre… Las hormonas, sin duda. No me apetecía nada ver a Bea maravillada con su primera menstruación, ni a Pancho antes de ser yonki, ni a M.A machacando malotes por doquier ni a la malísima Diana, mi favorita. Porque me parecía aburrido y porque la nostalgia es todavía más aburrida. Porque ya lo había visto y porque sobre todo intuía que me iban a decepcionar. Pero lo que no entendía antes de ver Tierra el sábado, gracias Julio otra vez, es que yo fui otra persona y que, aunque la persona que soy ahora me pueda gustar o disgustar a ratos, no reconozco a la otra que fui, porque a riesgo de repetirme y dentro de diez años arrepentirme, ¿quién coño era esa tía que se hacía llamar como yo con los mismos datos fiscales que yo que decía que Tierra era una de sus películas favoritas? No me quiero ni enterar de lo que pensaba sobre otras cosas. Si la tuviera enfrente ahora mismo, me la cargaba.

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