IV. Ocho cervezas

Ir al supermercado con pijama es tan transgresor que se llevaba en Londres en el 2012. El invierno me esconde, y con el abrigo puesto nadie se dará cuenta de que voy en pijama. Los pantalones, de chándal, ligeramente sucios y desgastados por el uso podrían haber causado furor en Camden en su momento. ¿Intento hoy que vuelva esa moda? Siendo honesta, no me veo capaz. Sí, es otro tren que dejo pasar; se me ha pasado el arroz para ser influencer en mi barrio. Si voy en pijama por frío y pereza a comprar al DIA de al lado de mi casa, me convertiré en la loca del pijama. La señora loca del pijama que compra con urgencia cervezas, pan (de centeno, de molde, con semillas o no dependiendo del stock) y leche (de avena para mí y de vaca para mi kéfir, o animal de compañía). No puedo ser la loca del pijama. Me voy a poner un jersey viejo y gordo, y viejo y gordo, encima de la camiseta sucia con la que he dormido estos días o años. Me miro en el espejo antes de salir. El abrigo viejo y gordo, y negro y viejo, las botas de montaña, el gorro marrón de lana que me hizo mi madre, tan suave que aún no lo he perdido, y que intento que ponga la nota chic en este conjunto, que es posible que lo fuera, chic, en el otoño-invierno del 2012 en Londres. La señora loca del jersey que va a última hora al DIA a comprar cervezas, pan y leche. Me pongo la FFP2.

Ayer entré en una parafarmacia. Quería comprar algo. Lo que fuera, no tenía muy claro el qué. Entré porque necesitaba comprar un regalo que no fuera regalo, que fuera un presente, un saludo material. Un ¡hola! en un envoltorio. Me pareció muy simpática la dependienta. La pillé tomándose un café con hielos; siempre se lo toma con hielos, comenta, aunque haga frío, y mira que hacía frío ayer. Hoy también, es invierno, es lo que toca. Le comenté mis intenciones. A la dependienta, digo. Podría ser una librera entrañable, de esas que te ponen un café con una pasta mientras hojeas un libro sentada en un sillón para saber si lo compras, y después del café y de la pasta decides que ya lo has visto, y no lo quieres, y te sientes culpable. De esas. Nunca me he encontrado con una de ellas, pero me gustaría. Pues ella es lo mismo en versión parafarmacéutica. Es una profesional la verdad. Ella, que sabía lo que se hacía, me propuso unos geles hidroalcohólicos de coco y mora. Desafortunadamente, el de fresa y nata que había encima del mostrador no estaba disponible. Tampoco otros objetos que llamaron mi atención se encontraban disponibles. Empecé a pensar que teníamos mucho en común y que, si yo tuviera una parafarmacia, también me quedaría con todo lo que me gustara, que serían muchas cosas. Envolvió el presente con esmero. Un paquetito precioso con celo de dibujitos. Cuando me disponía a pagar, me fijé en un cartel de una oferta de rímel y recordé que el otro día caí en la cuenta de que hacía cuatro años que no me compraba un rímel. Se lo comenté. Ella tampoco se pinta los ojos. Siempre se los tocaba sin darse cuenta y se le quedaba negro todo. Un asco. Solo se pintaba los labios. Antes tenías un día un poco malo, pálida o con ojeras, pues parecía que con los labios pintados ya era otra cosa, pero ahora… A mí me pasaba igual. Y, además, estaba de suerte ayer porque con el rímel venía de regalo el lápiz negro. Y yo los rompo y los pierdo todos. Lo mismo ella. Su hija los usa porque le gusta jugar a maquillarse. A saber cómo estarán los suyos porque ella ya no los usa. Nunca supo pintarse los ojos. Ni yo.

Hoy me he pintado los ojos. Como no sé hacerlo, he utilizado la almohadilla que viene en mi lápiz nuevo de regalo para difuminar. Nunca había tenido raya de ojos con almohadilla, qué locura, ¿no? Pues he salido esta mañana con los ojos hechos un mapache a enfrentarme con la vida y he pasado por la parafarmacia otra vez. He comprado un regalo, no sin antes anunciar que me había pintado los ojos. Quería comprarme el mismo regalo para mí, pero ya no quedaban más. El paquete lo ha adornado con cuernos y una boca de reno. De goma-eva de brillantina, es Navidad. Parece un reno que brilla. Es precioso. Me gustaría que me lo regalaran a mí. Me gustaría que me regalaran cualquier cosa dentro de una caja que pareciera un reno. Pareciera. Siendo consciente de que eso no va a pasar así porque sí, he necesitado hacerme con un regalo para mí. Quería mi reno. Tras un repaso a los artículos de parafarmacia que podrían gustarme, la vista se me ha ido a los antiarrugas. Y me ha parecido tan deprimente un antiarrugas dentro de un reno, que no lo he terminado de ver. Se me han ido los ojos a la sección dedicada al consumismo vaginal. Geles íntimos, copas menstruales, bolas chinas y vibradores, surtido de cremas internas y externas, lubricantes y cosas del estilo. Todo funcional, anatómico y con diseños modernos de formas redondeadas donde abundan los rosas y los morados. Salud sexual del siglo XXI. Sinceramente, tampoco acababa de verme hablando con la librera de nuestros suelos pélvicos. Los tenemos igualitos, seguro. Así que le he preguntado por un gel íntimo mousse de buena marca y muy buen tamaño. Buen ejemplar de reno. A ella también le gusta mucho esa marca. Ciertamente, es muy buena, la recomiendo. Me lo he querido llevar, pero solo quedaban existencias para niñas y para mujeres con menopausia. Le he dicho que estoy más cerca de la menopausia que de la niñez. «¿Qué vas a estar menopáusica?». El hecho de que el pH de mi piel vulvovaginal no sea el apropiado para el gel me ha dejado sin reno. He decidido no seguir intentándolo. Me he despedido de mi alter ego y me he ido con un reno que no es para mí. Al mirarme en el espejo en casa, he visto que tenía el párpado negro como una serigrafía abstracta de rímel.

Me miro la cara antes de ir al DIA. Sin serigrafías ya no parezco recién salida del after de un cotillón. Ahora los ojos se han quedado enmarcados de ese gris negro grumoso de la resaca del cotillón. Y qué, para comprar cervezas, pan y leche en el DIA tampoco hay que desbordar glamur. Bajo las escaleras con el abrigo abierto. Desenvoltura y gracejo, ¡que no se diga! Ahora nadie puede dudar de que no voy en pijama. Miradme, ¡no voy en pijama! Es un chándal y un jersey. No es un pijama.

Entro fulminante, decidida. En el DIA siempre tengo la sensación de que entro justo cuando van a cerrar. Puede que porque ya es la hora de cierre. Pan, leche y ahora viene la cerveza. ¡Hum! ¿Ocho Mahou o cuatro? Ocho hoy me parecen muchas, será porque compré ocho hace un par de días. Se me queda la vista en un pack de San Miguel, pero sé que no las voy a comprar. No me gusta. Vale, ¿ocho o cuatro? No me apetece sacar las cuatro y llevarlas sueltas. Me da pereza. ¿No me apetece sacar las cuatro y llevarlas sueltas? Vale, no me apetece, es verdad. No me apetece hacer ese esfuerzo insignificante pero sobre todo estúpido porque mañana voy a necesitar las otras cuatro cervezas que deje ahora en la balda. Estoy comprando cervezas a última hora en el DIA de al lado de casa. Estoy pensando en esto seriamente. Miro el precio. Llevarme ocho podría ser una mala transacción porque todo el mundo sabe que el DIA sale unos céntimos más caro en las marcas. Podría perder unos cinco céntimos por cada cerveza que compre de más. Ocho cervezas. Total: veinte céntimos. Pagados de más. Puedo descontarlo de lo que me he ahorrado con el lápiz de ojos.

—¡Si eres tú! No te había reconocido tan tapada.

Como tengo los ojos subrayados… Me giro a la derecha. Por el pasillo de las cervezas, con paso alegre y mundano avanza mi vecina. Es alta y espigada, y, ¡vive Dios!, tiene la piel tersa, blanca, brillante marfil. Diez años más que yo tiene esa piel. Mientras que yo soy de parafarmacia, ella es de clínica estética. De las buenas. Si ella me ha reconocido por los ojos y por mi estilo 2012, para mí me ha resultado una aparición, la aparición definitiva en el pasillo de las cervezas del DIA. Pasa ante mis ojos envuelta en su abrigo de pieles de zorro polar moteado. No sabría decir el nombre de esta especie en latín, quizás ni siquiera exista; probablemente no exista; cómo va a existir, se ha extinguido sobre mi vecina. Me apetece acariciarlo. Miro hacia la balda de las cervezas.

—¡Ay! ¡Hola! Yo tampoco te había visto. ¿Qué tal?

—¡Muy bien! ¡Genial! —veo en sus ojos mi estética londinense demodé. Mi gorro se erige hacia arriba como si creciera en punta.

—¡Qué bien! ¡Qué frío hace!

—¡De veras que sí! ¡Cuando llego a casa, tengo que meter los pies en el bidé!

Ahora que me acuerdo, hace poco nos cruzamos en el portal y llevaba encima al primo pelirrojo del de hoy. Fantastic Mr. Fox.

—Yo me meto a la ducha directamente— sonreímos.

Se queda mirando la balda que estoy mirando yo. Cambia rápidamente la vista a otro lado, como si estuviéramos delante de la balda de suelo pélvico del DIA. Ahora miro yo la balda de vino, ¡vaya! Acabo de caer en que soy la señora borracha del jersey. Meto en la cesta el pack de ocho Mahou encima del pan y de la leche.

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