Estos días azules…

Qué cosas tiene esto de pasear… Hace algunos años tuve que mudarme al barrio donde me crié. Es más, me volví a mudar de nuevo hace poco y me instalé en el centro de la calle por la que pasaba a diario para ir, primero, al cole, y, después, al instituto. Es una calle emblemática en su zona, no especialmente bonita, pero tiene su encanto por las casas que aún quedan de su lejana época de barrio ferroviario. Vivo en una, y tengo que ponerle encanto para compensar el hecho de que no tenga terraza y no entre el sol como apreciaría en estos momentos de retiro que vivimos, además de que estén construyendo un edificio pared con pared que le quita bastante romanticismo a la nostalgia y bastante luz también, aparte de los martillazos que tengo que soportar toda la jornada laboral.

Justo a dos metros en frente de mi portal está el poste de la señal donde me rompí la paleta izquierda cuando tenía nueve años. Al salir del cole, jugábamos al pilla-pilla corriendo todo lo largo de la calle con nuestras madres detrás dándole a las redes sociales de por aquel entonces. Bueno, una tarde estaba a punto de pillar a uno de mi clase (eso no solía pasar mucho), y, de repente, hizo un giro inesperado, y yo seguí corriendo recta directa hacia el poste con la boca abierta. Después de eso, solo recuerdo a mi madre echándome la bronca y a mí echando sangre por la boca camino del dentista. Como me gustaba Mikel Erentxun y sus piños rotos, el diente no se rompió mucho y no hubo que pagar, todos quedamos conformes. En febrero de este año volvió a dolerme unos días después de varias décadas (información adicional).

Bien, tomando como punto de referencia el poste, frente a frente como en un duelo, si voy hacia la izquierda, voy a la vida adulta; si tiro para la derecha, me espera la infancia. Mi instituto y mi colegio, enlazados como los dibujos con puntos. ¿500 metros en total? Pues me he dado cuenta de que siempre voy a la izquierda. Siempre, a la vida adulta, que, sin más, tampoco se me había perdido nada por el otro lado hasta ahora. El caso es que, con esto de las franjas horarias me pongo mala, la vida adulta está superpoblada. Y, de verdad, ver pasear adultos es aburridísimo. Tampoco hay mucha más diversión por el lado de mi niñez, pero, quieras que no, tiene su rollo nostálgico y entrañable, y, en estos momentos eso hace mucho. No te deprimes por tu vida de hace dos meses. Te sientes triste por esa vida de hace décadas, pero, como ya lo has superado hace mucho, puedes seguir con tu paseo sin más. No llorarás esta noche por ello y hasta sonreirás acordándote de aquellas cosillas que te hicieron feliz, aunque no lo supieras entonces.

El principio de la historia que aquí voy a narrar llega con un rodeo extraño que hice el primer día que salí a disfrutar de las horas de libertad. Lo hice sin darme cuenta además. Me metí por los terrenos de la infancia: un camino secreto que tenía con otra amiga cuando salíamos de un grupo de estos extraexcolares de colegio de monjas de los ochenta; sí, yo era de esas. Teníamos que hacerlo a escondidas, a mi madre no le gustaba que fuéramos por ahí porque esa era una campa yonqui. Todos los niños del cole teníamos metido eso de que nos podíamos pinchar con una jeringuilla y morirnos. Nunca sabré si había tantos yonquis en el barrio o si solo era un par, y en el barrio se contaban las mismas historias una y otra vez. No sabría distinguirlo en mi memoria, recuerdo más a borrachos maleantes que a yonquis. Lo que sí había era mucho miedo a la droga y al sida, y mucha ignorancia también, no era culpa de la gente del barrio tampoco. Menuda bronca me echó mi madre el día que le dije que había entrado con mi abuelo en un bar de los de mala pinta, mi abuelo no entendía de clases de bares, y había bebido la Fanta del vaso, lleno de sida al parecer. Me pasé un par de días pensando que lo tenía y que me iba a morir ese mismo año o al siguiente no más tardar.

Rebelarme en la primera oportunidad de independencia que me dio mi madre no fue idea mía. Lo de atajar por la ruta yonqui había salido de mi amiga a la que le venía mucho mejor acortar por ahí, aunque también iba cagada de miedo por si jeringuillas antipersona estallaban en nuestros morros. Recuerdo las sensaciones que tenía mientras nos acercábamos a la campa: la de miedo y emoción por la aventura y lo desconocido, otras calles… ¡Guau! Supongo que íbamos hablando de nuestras cosas, a saber: chicos o criticando a la gente de clase, temas entonces novedosos que llegaban para quedarse en mi repertorio social. Íbamos entretenidas, pero yo no podía dejar de lado esa estimulante sensación de quebrantar la ley. Aunque mantenía la compostura, estaba nerviosa y empezaba a pensar que nos acercábamos a la zona de peligro: la plantación de jeringuillas. El paso fronterizo eran unas escalerillas de piedra que había que subir en los aledaños, estrechitas, muy pocas; no dan miedo para nada, pues a mí que se me hacían como los puentes colgantes sobre los ríos de la jungla de las películas. Aquello iba en serio, parecía arriesgado, pero solo era el primer obstáculo. Rodeábamos la campa hablando nerviosas, yo creo que la primera vez nos agarramos de las manos; el peligro estaba ahí, había que ignorarlo y ser fuertes. Notábamos la mirada de las jeringuillas, y cualquiera que se nos cruzara en aquellos cincuenta metros podía ser un yonqui asesino de niñas. Yo contenía la respiración en cada uno de mis pasos…

Cuando finalmente la pasábamos sanas y salvas (no recuerdo si nos abrazábamos, pero le pegaría bastante), ya solo teníamos que andar un poco hasta su portal donde respirábamos aliviadas, bueno, ella más. A mí, me quedaba un trecho por lo desconocido, que tenía que andarlo un buen rato sola después de despedir a esa mal llamada amiga. Empezaba una nueva etapa: mi andadura en solitario. Indescriptible para mí ahora es aquella emoción que notaba en el fondo de la garganta. Podría ser algo parecido al poso que quedaba del miedo mutando al alivio de pasado el peligro y, sobre todo, al orgullo por mi gran gesta que me hinchaba el cuerpo entero. Algo así podría ser, aunque digo esto desde el alma de la vieja que soy sabiendo que quedan en el aire otros matices que ya no puedo explicar. En resumidas cuentas, me sentía la tía más valiente del mundo. Sin embargo, todavía me quedaban más pruebas que superar.

Primero, había sido la emoción por la aventura y el riesgo. Después, el miedo, seguido por el temple que conduciría a la gloria… El siguiente paso era llegar al objetivo en hora y sin ser descubierta. Tenía que atravesar la calle a la que daba la ventana de mis padres sin que me vieran entrar por el lado que no correspondía al camino marcado por la ley. Yo sabía que se asomaban mucho para cotillear y tenía que ser rápida. Me asomaba por la esquina, miraba unas mil veces a la ventana y, cuando me aseguraba de que no había nadie, cruzaba corriendo la carretera con el corazón en un puño (por el paso de cebra no, demasiadas preguntas si me pillaban por ahí). Y ya llegaba a la zona de confort. Entraba por la puerta como si fuera un arco del triunfo, sonreía victoriosa, orgullosa de mi gran hazaña, con unas ganas tremendas de ponerme a gritar y con una historia tapadera que nunca tenía que usar porque pasaban total.

Pues bien, como ya he dicho, lo primero que hice con mi libertad fue cruzar aquella campa mítica, hoy en día meeting-point de los desescalados porque tiene rollo de paraje natural sin serlo para nada, y subir la colina para admirar las vistas. No suelo hacerlo, no sé por qué. Estuve un par de minutos hasta que me rayé de ver a humanos y decidí irme. Ya en el puente colgante me temblaron las piernas, y en ese momento fue cuando me acordé de nuestro camino secreto y recordé qué se sentía cuando se estrenaban historias que contar.

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