De volver o no volver a escribir

Y pensar que los tiempos de confinamiento podrían hacernos recuperar todas aquellas cosas a medio hacer o a medio empezar, o a medio revivir, o a medio soñar… Y a veces tengo la sensación de que en estas tres semanas me ha guiado el espíritu del Año Nuevo, y no sé cuánto tiempo me va a seguir poseyendo o si alguna vez se irá.

Estoy escribiendo esto sin mirar cuándo fue la última vez que publiqué una entrada (ya lo descubriré al acceder al escritorio del que me sentía tan orgullosa de haber creado), cuándo fue la última vez que escribí por el mero placer de hacerlo o por el impulso de tener que escribir acerca de cómo me sentía o cuál era mi opinión, la verdadera, sobre algo; y de la ficción, ni hablamos. En estos años sí que tuve un acercamiento a la escritura como terapia y también como una salida a la dolorosa situación que invadía mi vida. Y, joder, sí que funcionó, pero abandoné por completo esta otra manera de expresarme y de hacer, de impulsar mis energías haciendo lo que proclamaba que mejor me hacía sentir en este mundo.

Y en tres putas semanas de soledad he invertido todo mi tiempo, por orden, en entrar en pánico, desmoronarme en la ansiedad, enfermarme de tristeza, sobreinformarme, sobrecomunicarme, más pánico, más ansiedad y mucha más tristeza; en desinfectarme y desinfectar compulsivamente todo lo que creía haber tocado, probablemente de manera incorrecta, y en gestionar ese extraño autoabastecimiento alimentario que apenas consumo, lo que curiosamente es lo que más paz me ha dado; en culpabilizarme por no tener ni puta gana de hacer ejercicio porque no me ha gustado en la vida y no me calma, pero, ¡dios!, ¿ni una pandemia me va a forzar a hacer unos pocos estiramientos? ¿Yo que siempre me quejo de no tener tiempo, de estar fatal físicamente y de que necesito tiempo para no estar mal?; ni siquiera he dibujado, yo que me enganché al dibujo diario, no talentoso, sino terapéutico, de verás que me tranquilizaba y me hacía sentir bien hace no tantísimo, pues, oye, no he acabado ni el segundo dibujo que empecé hace… ¡buf!, ni me acuerdo. No hablemos de leer, con una estantería repleta de libros que he ido dejando a medias por falta de tiempo, me decía. ¡Y una mierda! Ahí los tengo bailando, que los saco cuando me entra el pálpito de la culpabilidad, y entonces le echo la culpa a la ansiedad, que me genera desconcentración y desgana… Ni una sola película he podido acabar…

Y, hoy, hace un rato, cuando tenía programada mi sesión anarcodesganada de yoga, he pensado que, si el mundo se está llenando de filósofos y de escritores hogareños que dan rienda suelta a sus pensamientos, qué demonios estaba haciendo yo con dos páginas agónicas por las que sigo pagando. No he negado nunca el poder de la prepotencia y del orgullo como motores de la creación. Bien, no parece una razón basada en el impulso de la vena creativa, es que no lo es. Vale, hay otra, de repente, así de repente pensando en todo esto, he sentido la nostalgia por repasar mi propio texto (no el de otros, eso ya lo hago a diario por dinero y a veces, lo confieso, por el gusto de criticar) y sentir la emoción de leer mis propias palabras y decir: «¡Joder, pues ya está terminado! Esto es lo que pienso, esto es lo que soy». Pues eso, espero que me haya poseído el espíritu del tercer martes de enero, cuando después de un blue monday llega el «habrá que intentarlo, ¿no?».

Imagen: Drawing hands (1948). Autor: M. C. Escher. Fuente: The M. C. Escher Company, The Netherlands.

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