¿A qué tienes miedo?

pajaro¿Quién dijo miedo? Tener miedo es algo natural. Todos tenemos miedo, forma parte de nuestra naturaleza animal. Podemos tener miedo a un peligro real o quizás a algo que no lo sea tanto. El miedo es un mecanismo de defensa: tenemos miedo de ciertos hechos y eso nos ayuda a sobrevivir porque los evitamos o resolvemos como podemos las situaciones que lo provocan. De nuestra habilidad para superar el peligro depende nuestra vida o nuestra salud, tanto física como psíquica. Nos enfrentamos a situaciones que nos producen miedo porque tememos las consecuencias o porque nuestra vida corre peligro. Sin embargo, hay momentos en los que el miedo aparece y no sabemos ni podemos resolver con valentía e incluso nos domina hasta el punto de paralizarnos.

Los que tenemos miedo a las alturas, evitamos ciertos lugares. En mi caso, me entra el pánico con cualquier altura en la que mi vida dependa de mi habilidad. Soy torpe, siempre lo he sido y, en este caso, mi miedo responde al conocimiento de mí misma y de mis capacidades. ¡Psicólogos profesionales y aficionados! No apuntéis en vuestros cuadernos que tengo baja autoestima y necesito más confianza en mí misma. Este miedo es una reacción lógica a un historial de caídas, tropiezos y demás acontecimientos producidos por la falta de coordinación física y problemas de lateralidad. Encontrarme en la planta de un edificio de cincuenta pisos, por ejemplo, no me produce ningún miedo ni sensación de vértigo. Pero si me topo con una escalera de mano, subir al último peldaño me ataca los nervios. No tengo miedo a volar en avión, mi vida no depende de mí, sino del piloto y de los que trabajan en levantar contra la fuerza de la gravedad un artefacto cuyo peso en toneladas desafía a la naturaleza. Confío en las aerolíneas y en el personal de los aeropuertos, es mucho decir, sí, pero confío en ellos.

Me da pánico conducir… Puedo conducir en ciudad, en ciudades pequeñas eso sí, dominando ciertos temores que me produce la conducción: la posibilidad de un accidente, atropellar a alguien, perderme, los achaques diarios de mi coche… Intento no pensar en ello y llego a conducir con cierta eficacia, vamos a dejarlo así. Sin embargo, en el momento en que tengo que recorrer sola una distancia de unos 30 o 40 km, ¡buf! saltan las alarmas. Si planifico el viaje, la noche anterior me cuesta dormir. Me cuesta mucho relajarme y quitarle hierro a algo tan común. Incluso hace unos meses, perdí un trabajo, porque aun después de levantarme a las siete de la mañana para ir a la cita, a unos 80 km, en el momento en que iba a coger la autovía, empecé a ponerme nerviosa, a sudar, se me aceleró el pulso… Me imaginé catástrofes varias en plan DGT. Al final, después de superar el ataque de ansiedad parada en una rotonda -como veis el miedo puede provocar accidentes-, di media vuelta y volví a mi casa a culparme por lo estúpida que era. Si pienso en mi vida, puedo encontrar experiencias objetivas y traumáticas con los coches, pero ¿y qué?, mucha gente también las tiene. Me agobia tanto resolverlo que aplazo enfrentarme a la situación prácticamente desde que empecé a conducir.

Otra de mis fobias es la batmofobia, acabo de descubrir que tiene nombre. Es el miedo y la ansiedad que se produce al bajar o subir escaleras, o andar por terrenos elevados o montes… En mi caso, lo paso fatal al bajar escaleras o descender montañitas levemente escarpadas. No todas las escaleras me provocan ansiedad, lo que me permite llevar una vida relativamente normal. Sin embargo, cuando me enfrento a aquellas más empinadas o irregulares, las típicas escaleras de caracol, si no hay barandilla, si son transparentes (gracias arquitectos modernos, muchas gracias por vuestros diseños tan guays), cuando hay miles de escaleras, noto cómo la ansiedad me domina de los pies a la cabeza, sobre todo en los pies.  A veces siento que se me va a olvidar cómo hacerlo mientras estoy bajando.  Sí, sí, poner un pie y luego otro. La solución: o bajo despacio agarrándome a cualquier cosa que me parezca agarrable (animal, planta, cosa o persona) o bajo de culo. No puedo hacer otra cosa, aunque reconozco que mi imagen no es muy digna y me da mucha vergüenza. Soy siempre la última si voy en grupo. Incluso me adelantan ancianitos que parece que se van a descomponer en pedazos cuando bajan volando escaleras. Suelo tener sueños recurrentes en los que bajo escaleras y me caigo, diré en mi defensa.

Después de desvelar algunos de mis más profundos temores, volveré al miedo, así en términos generales. El miedo puede ser racional o irracional. Racional si lo concebimos como esa clase de miedo que podemos tener todos a esos hechos objetivos que producen miedo al común de la población. Una reacción a un estímulo peligroso. Un miedo objetivo como el que tenemos cuando nos para la guardia civil. Pero hay otra clase de miedos que no siguen un patrón lógico, no hay una causa aparentemente real para que aparezcan y, en algunos casos, no permiten llevar una vida con normalidad, las fobias, temores irracionales de carácter subjetivo. Se trata de miedos que producen reacciones de intensa ansiedad, duraderos y persistentes a lo largo de nuestra vida y que hacen que cuando la persona se cruza con el objeto/persona/situación/número/etcétera se comporte de forma desproporcionada e incontrolable.

Imaginaos a la típica persona inalterable, tranquila y pacífica… Decides ir al monte con esa persona. La típica ruta de senderismo que venimos practicando los que vamos entrando ya en la mediana edad… Ahí estáis paseando en plena naturaleza. Venga hacer fotos, mirando las montañas, un marco inigualable de belleza natural, vais a cruzar un río y ¡milagro! Un fenómeno extraordinario en la vida de una persona, casi imposible de experimentar fuera de los documentales de la 2… ¡Veis una nutria! ¡Qué simpático animal! Buscas tu cámara y la fatalidad: se te ha acabado la batería. Hay que ser rápido. Preguntas a tu amigo, una persona tranquila y razonable, ¿dónde está? Pues está corriendo y gritando como un loco histérico al borde del colapso, porque es lutrafóbico. Quizás fueron los documentales de Félix o quizás vivió con una nutria disecada en el salón de su casa. O una excursión escolar de estas horribles a un zoo y una pobre nutria enjaulada lo miró mal… Quién sabe por qué, pero la caminata idílica se ve perturbada por una crisis de ansiedad. Pánico en el bosque. Tu amigo nunca te había hablado de ese miedo patológico a las nutrias. ¿Quién pensaba que se toparía con una?

Lo más normal es que si tienes alguna clase de fobia de esta clase, pese a ser consciente del terror e incluso de la irracionalidad del mismo, no seas capaz de dominarla o dejar de sentir ese pavor incontrolable. O vives con él o intentas curarte, prepárate porque afrontar una fobia es tan duro como enfrentarte a ti mismo. Hay fobias que permiten una vida normal, en cierta manera. Tener miedo a las nutrias no es lo mismo que tener pánico a los espacios abiertos (la popular agorafobia).

Hay diferentes clases de fobias. Existen algunas más específicas, aquellas en las que el miedo se asocia a una situación concreta: miedo a viajar en avión (aerofobia); a las escaleras mecánicas; o a objetos o a personas concretas como el miedo a los payasos (coulrofobia). Dentro de este tipo, también podemos encontrar el miedo a los fenómenos naturales como el miedo a los rayos y a las tormentas (brontofobia). El pánico a los animales, a todos en general, se denomina zoofobia. ¿Quién no conoce a alguien que tenga miedo a los perros (cinofobia)?, ¿a los gatos  (ailurofobia)?, ¿a las serpientes (ofidiofobia)?, ¿a los pájaros (ornitofobia)? o ¿a los topos (zemifobia)?

Otras fobias son de tipo social. Cuando una persona se encuentra en una situación social que le produce una ansiedad tal que evita ese tipo de situaciones cuando no todas como medida preventiva (hablar en público, los desconocidos, las multitudes…); lo que puede afectar y, sin duda, afecta a su vida personal. Son fobias mucho más perjudiciales en la vida de una persona que las específicas, puesto que resulta más sencillo evitar un hecho específico que nos altera como por ejemplo el ajo si padeces alliumfobia, que si te agobia que te toquen (afenfosfobia). Las fobias sociales son mucho más traumáticas porque en el caso de que se agudicen, la persona va a seguir un círculo vicioso de aislamiento y su comportamiento puede resultar enfermizo hasta el punto no poder mantener una vida normal, dentro de lo que pueda ser considerado normal (salir a la calle, quedar con amigos, mantener una conversación, tener un trabajo…).

Algunas otras fobias: autofobia, miedo a estar solo o a uno mismo; cromofobia: miedo a ciertos colores; agirofobia: miedo a las calles; antropofobia: miedo a las personas o a la sociedad; emetofobia: temor al vómito, a vomitar en público, lo que te limita en cuanto a comidas sociales y otro tipo de eventos; enoclofobia: miedo a las multitudes de personas, ya sean en lugares abiertos o cerrados; numerofobia: miedo a los números…

Resulta complicado delimitar las causas de una determinada fobia en una persona concreta. Probablemente no exista solo una causa. Quizás un psicólogo o un psiquiatra experto podría hablar más y mejor sobre el tema. Mi opinión es que el subconsciente es tan complejo y desconocido que resulta difícil, cuando no imposible, atribuir un miedo o una fobia a algo concreto. Es decir, quizás sí que hemos sufrido experiencias traumáticas, más o menos intensas, de las que se podría afirmar que han provocado una fobia. De ahí, una persona que se ha caído de un caballo puede experimentar equinofobia, o si has perdido miles de millones en el desplome de las inmobiliarias producido por la especulación financiera en la que has participado, puede que sufras de crometofobia o miedo al dinero y a los valores financieros. Puede también que no te haya ocurrido nada significativo, pero identificas un momento en el que estuvo a punto de ocurrir o quizás en ese momento pensaste que podría pasarte algo malo y la sensación provocó la fobia, la heredaste de tus padres, quién sabe. O fue el resultado de múltiples sucesos…

No obstante, también opino, no como profesional sino como miedosa estándar, que aparte de los posibles acontecimientos que desencadenan un miedo patológico hacia algo, existen millones de circunstancias que pueden causarlo y de las que no somos conscientes o quizás no lleguemos a recordar porque fueron sensaciones momentáneas e impresiones subjetivas fugaces. Nuestra infancia está plagada de ellas. Las percepciones de un bebé o un niño son completamente diferentes a las de un adulto. La percepción de la realidad depende de muchos factores, pero el desarrollo de nuestra cerebro es fundamental. Los hechos se perciben de otra forma y tienen una magnitud diferente. Quizás no se recuerdan por triviales o lejanas en el tiempo, pero pueden haber creado una impresión en nuestro cerebro que servirá para caracterizar nuestro carácter y por supuesto, la aparición de determinados miedos o fobias. Quizás fue una imagen, una reacción de alguien que entendimos como mala o un gesto que no comprendimos o un sonido fuerte después de algo… Y ahí empieza todo. Puede que no ocurriera nada significativo y tu miedo sea un producto de tu imaginación. El subconsciente… un misterio.

Por todo ello, pienso que intentar explorar en tu subconsciente para encontrar las causas de tu fobia quizás no tenga sentido. Puede que tengas que aprender a vivir con tu fobia, conocerla y andar por el camino de la vida cogidos de la mano. Ser consciente de que tu amiga la fobia está contigo, reconocerla cuando hace su puesta en escena e interiorizar cuáles son sus síntomas puede ayudarte a aprender a dominarlos y te ayudará a ganar pequeñas batallas para normalizar tu vida. Eso sí, viviendo al margen de lo que los demás consideran que es normal. El terreno de las fobias es personal e intransferible, no dejes que el mundo te diga como vivenciar tu fobia. Tu fobia es tu amiga y solo tú puedes asesinarla si encuentras la ocasión, sin presiones.

Y ya para terminar aquí os dejo algunas fobias que he descubierto en este investigación que he realizado con fuentes de reconocido rigor científico y documental como Wikipedia o Google. Algunas me parecen curiosas pero no sé si debo emplear esa palabra por respeto hacia las personas que las padecen. Al fin y al cabo, aunque nos puedan parecer tontas son algo tan personal que debe ser respetado… Por favor, absténgase de leer este listado aquellos que padezcan helenologofobia o miedo a los términos griegos, aunque a estas alturas de post se encontrarán ya en un momento crítico; la genufobia que es el miedo a las rodillas; hexakosioihexekontahexafobia: miedo al número 666. Y esta que me encanta: hipopotomonstrosesquipedaliofobia que es el miedo irracional a pronunciar o escuchar palabras largas o complicadas (frecuente en los angloparlarntes ya que el inglés tiene palabra más cortas… ¡Ja!), que digo yo que el que le puso el nombre, vaya graciosillo. Me imagino al psiquiatra diciendo al pobre paciente: —Usted padece hipopotomonstrosesquipedaliofobia. Y el enfermo: —¡Nooooooooooooooo! —arrancándose mechones de pelo y arañándose la cara entre convulsiones y echando espuma por la boca. Un caos, además, si el hipotético paciente es helenologofóbico… No me imagino qué podría pasar.

Otra: itifalofobia: miedo a la erección; y una que creo que es muy común,  la penterafobia cuando tu suegra te provoca pavor. Y si son tus dos suegros los que te alteran patológicamente, eres socerafóbico.

Como podéis ver, hay miedos para todos los gustos y colores… Así que a ver quién es el valiente de negar su miedo más profundo.

 

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